El caos estructurado |
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La certeza es imposibleTodos vivimos como si estuviésemos convencidos de la existencia de infinitas cosas que conforman el mundo que nos rodea, empezando primero por nosotros mismos y siguiendo después por las flores, los demás, la luna, los estreptococos, el gobierno y el número siete. Sin embargo, puede que las cosas no sean lo que parecen. Quién no ha experimentado la sorpresa de descubrir algo que se encontraba oculto, o se ha maravillado ante lo imprevisto. La vida no es más que un largo proceso de aprendizaje en el que vamos sustituyendo creencias asumidas como verdades por otras nuevas que matizan a veces o contradicen del todo lo antes aprendido: la Tierra no es plana; lo pesado no cae más rápidamente que lo ligero; los delfines no son peces; los Reyes Magos no existen; el amor no es todo lo que necesitas; Colón no descubrió América. Lo engañoso de los sentidos o el carácter tan real de algunos sueños ha llevado a muchos a desconfiar de sus propias percepciones hasta el punto de que algunos han negado la posibilidad de todo conocimiento mientras que otros dudaban metódicamente de todo. Pero, ¿no es llevar las cosas demasiado lejos este sospechar metódico y universal? ¿No bastaría con tener un poco de cuidado para distinguir lo ilusorio de lo real? Me temo que no: pudiera ser que fueses un cerebro sumergido en un frasco y que todas tus sensaciones te fuesen proporcionadas a través de cables. Pudiera ser que la edad del universo fuese de un segundo y que, por tanto, todo, incluidos tus recuerdos, hubiesen surgido hace un segundo. Incluso pudiera ser que este nuestro fuese un universo caótico y que todo el orden que creemos percibir fuese en realidad una gigantesca casualidad. ¿Qué tienen en común todas estas historias, todas estas teorías acerca del universo que percibimos? Pues tienen en común que son irrefutables. El cerebro que vive plácidamente sumergido en su cilindro de cristal no tiene forma de distinguir su realidad de cualquier otra; los recién nacidos del recién creado universo no pueden saber que sus recuerdos, como ellos mismos, apenas si tienen unos instantes de antigüedad; las pobres criaturas de la burbuja causal nada saben del imperio del caos hasta que es demasiado tarde. No hay forma, desde dentro del sistema, de descubrir la trampa, y dado que nosotros pertenecemos al sistema, pues estamos hablando del universo entero, de TODO, no tenemos forma ni de descubrirla ni de evitarla. Por otra parte, al igual que son irrefutables, también son indemostrables. Aunque alguien le revelase la verdad al cerebro sumergido, este no podría verificarla de ningún modo. El caos (el del diccionario, no el matemático) no puede distinguirse de un orden extraño y aún desconocido. Las configuraciones neuronales que almacenan los recuerdos son recuerdos, correspondan o no a un pasado real: la mente que recuerda no puede saber si dichos recuerdos corresponden a experiencias vividas o si, por el contrario, le han sido implantados artificialmente. La conclusión es evidente: es imposible tener certeza alguna acerca de lo que realmente son las cosas, acerca de lo que realmente es el mundo. Todo cuanto percibimos a través de los sentidos, todo el orden que creemos identificar, puede ser fruto del engaño, de la ilusión o del azar. Hasta el paso del tiempo. Hasta el mismísimo espacio. La duda es inevitable. La certeza, imposible. La imposibilidad de la certeza puede dar lugar a cuestiones del estilo de ¿tenemos que abandonar toda esperanza de entender algo del mundo?; ¿hemos de abandonarnos al caos?; el universo, ¿se va a desmoronar ante nuestros ojos? Pues no, el universo no se va a desmoronar. O, para ser más precisos, digamos que no tiene por qué hacerlo enseguida. Los antiguos griegos creían que el cielo no se caía sobre sus cabezas porque un gigante, Atlas, lo sostenía sobre sus hombros. Luego averiguamos que tal gigante no existía más que en la fértil imaginación griega y el cielo no cayó. Al mundo no le hacen falta verdades absolutas para sostenerse. Ni a nosotros. Por el contrario, la ausencia de certeza tiene, de hecho, una consecuencia muy positiva: hace del mundo un lugar mucho más interesante y divertido. Sobre todo si se piensa en él. Además, la cosa no es tan grave. Una certeza sí podemos tener. Algo hay: el observadorSupongamos que tenemos ante nosotros una rosa. Si intentamos hacer una descripción empezaremos seguramente por indicar su color, pongamos rojo; seguiremos después hablando de su corola, formada por multitud de pétalos imbricados; y continuaremos quizá hablando de sus sépalos de color verde, de su largo tallo y de las espinas que lo protegen. Sin embargo, si ahora alguien nos pregunta si la rosa que acabamos de describir existe, nos veremos obligados a dudar. Las distintas posibilidades expuestas nos obligan a desconfiar de lo que nos cuentan los sentidos. La rosa que vemos y olemos puede tratarse en realidad de una ilusión, o de un engaño. Sin embargo, algo ha ocurrido. Podemos efectivamente dudar de que allí haya una rosa y pensar que quizá se trate de una simulación por ordenador, o de un falso recuerdo. Podemos también pensar que en realidad ni siquiera sabemos lo que es una rosa, porque cuando la hemos descrito hemos hablado de su color, cuando resulta que el color no está en la rosa, sino en nuestra mente; y de sus pétalos, sin pararnos a pesar en cuántos pétalos debe tener una rosa para ser una rosa; y de sus espinas, que en realidad no hemos visto sino solo supuesto... Sí, podemos dudar de la rosa al completo o por partes. También podemos dudar de nosotros mismos, de nuestro sistema perceptivo, de nuestra mente. Sí, podemos dudar de todo, excepto de que algo ha ocurrido. Podemos estar completamente equivocados acerca de lo que ha ocurrido, pero no de que algo ha ocurrido. De esta perogrullada podemos extraer una certeza absoluta. El universo podría ser una ilusión. O una masa amorfa sin estructura. Pero algo ha ocurrido, luego algo existe. No sabemos qué, no podemos conocer con certeza ninguna de sus características, pero algo existe. Hasta aquí las buenas noticias. La mala es que no podemos estar seguros de mucho más. Descartes dijo "cogito ergo sum", es decir, "pienso, luego existo". La verdad es que lo mismo podía haber dicho "nado", o "canto", o "me duele", "luego existo", porque la cuestión es que la percepción de un acontecimiento es lo que nos asegura que hay algo. De ahí a pensar que eso que existe con toda certeza es un yo me parece exagerado. Lo más que podemos decir es que eso que existe es capaz de observar. Por eso, y para evitar de ahora en adelante pesadas perífrasis, me voy a referir a eso como el observador. Y ya está: no hay más. Muchos han intentado fundamentar el conocimiento humano tomando puntos de partida similares. Pero para dar el siguiente paso, ese que permite saltar de esa primera evidencia ("hay algo") a lo demás, al resto del universo, todos han acabado recurriendo, de una manera u otra, a evidencias indudables, a percepciones puras, a hechos que se presentan con tal claridad a nuestra conciencia que no pueden ser falsos. Pero nada de esto se sostiene: cuando alguien está seguro de algo, cuando cree que lo que cree no puede ser falso, lo único que ocurre es que ese alguien ha tenido la debilidad de creerse infalible y, al menos por un momento, ha dejado de dudar. Si tenemos el coraje de dudar, y de dudar en serio, no nos queda más remedio que aceptar la consecuencia: más allá de la recién adquirida certeza de que hay algo no hay nada más que especulaciones. La evidencia nunca puede ser un criterio. Punto. ¿Es este el fin de nuestras investigaciones? No tiene por qué. Puede parecer que la conclusión a la que hemos llegado es terrible y descorazonadora, que aceptar que más allá de la certeza de la existencia de un observador no existe la posibilidad de un conocimiento cierto y seguro solo puede llevar a la más completa desesperanza. Pero tampoco es para tanto. Si no tenemos certezas, lo que podemos hacer es jugar al como si y ver qué hacer con esas especulaciones. A lo mejor nos valen para ir tirando. Jugando al como si: teorías por certezasLa mera certeza de la existencia parece un punto de partida completamente insuficiente para empezar a investigar el mundo, sobre todo si sabemos además que ninguna otra certeza es posible. Podría pensarse que, utilizando la vieja distinción, tales convicciones nos obligan a renunciar a la realidad y a conformarnos con la mera apariencia, una apariencia quizá producto del engaño o el azar. Sí, esto podría parecer la condena a muerte del pensamiento, el fin de los intentos del humano por entender, explicar u ordenar el mundo. Pero si lo parece es porque sobrevaloramos la necesidad de certezas, la necesidad de poseer creencias firmes y porque, de alguna forma, sentimos que la propia estabilidad del mundo depende de cómo lo pensemos. Pero el caso es que no es así: se puede vivir muy felizmente con certezas que en realidad son falsas (como cuando pensábamos que la Tierra es plana). Se puede ser feliz, incluso, sustituyendo unas certezas por otras certezas (como cuando pasamos a pensar que la Tierra es esférica). Y se puede porque los humanos tendemos a creer, a dar por buena cierta imagen del mundo, cierta descripción con la que convivimos y a partir de la cual tomamos nuestras decisiones. Creemos firmemente estar en posesión de la verdad (los que pensaban que el mundo era plano creían estar en posesión de la verdad tanto como lo creen los que hoy piensan que es esférico, estando todos, a fin de cuentas, equivocados) y vivimos conforme a esas verdades, aunque no lo sean. Y
esta es la cuestión. Si sabemos que hemos vivido a partir de falsedades que
creíamos certezas y aquí estamos, podemos seguir haciendo lo mismo pero siendo
conscientes de ello, y sustituyendo la idea de certeza por la de teoría.
Es evidente que la vida se hace imposible si a cada paso nos preguntamos por
la verdad de lo que experimentamos. Hacen falta puntos de partida, prejuicios,
para no caer en la más completa inmovilidad. Podemos jugar al como si
y vivir como si supiésemos algo acerca de cómo es el mundo. Podemos seguir
tomando decisiones a partir del juego de certezas del que disponemos, ahora
convertidas en teorías, y sustituir unas certezas por otras a medida
que encontramos nuevas certezas más interesantes o más útiles. Podemos
vivir como si dispusiésemos
de certezas, aunque no las tengamos.
Lo que no podemos seguir haciendo es creer, sencillamente porque no tiene sentido creer en algo que es provisional. Nuestra propia historia nos muestra cómo podemos pasar de pensar unas cosas a otras, como podemos cambiar los modelos acerca del universo, la base de nuestra presunta comprensión del mundo. No podemos saber qué ocurrirá en el futuro. Quizá mañana descubramos que la Tierra en realidad es un objeto de cuatro dimensiones bastante feo y que solo su intersección con el espacio tridimensional es aproximadamente esférica; o que su presunta esfericidad es tan solo el producto de raros efectos ópticos producidos por extraños combamientos del espacio. Comparando teoríasSi aceptamos jugar al como si sustituyendo las certezas por teorías, nos encontramos con un problema hasta ahora desconocido: hay que elegir. Cuando creíamos estar en presencia de certezas no había margen para la duda o la comparación: la certeza se presentaba en solitario, sin alternativas. Pero con las teorías ocurre lo contrario: dado que una teoría es una suposición o conjunto de suposiciones acerca de algún asunto, es obvio que podemos encontrarnos con montones de suposiciones, es decir, de teorías, a veces tantas como pensadores, o más. Como ejemplo, sugiero en la siguiente lista algunos de los intentos de descripción del movimiento de traslación de la Tierra:
Ante la lista anterior podemos tomar varias actitudes. Una es decir: "me es indiferente cómo se mueva la Tierra, incluso si se mueve o no". Nada que objetar, salvo que es una postura muy aburrida. Otra actitud, más pragmática, es considerar que la Tierra y su movimiento de traslación son constructos sociales y que, por tanto, cualquier descripción es válida si es de alguna utilidad para la cultura que la ha desarrollado. Es difícil oponerse a esta forma de ver las cosas. Si algo es útil, ¿por qué rechazarlo? La pega es que no resulta tan fácil juzgar acerca de la utilidad de una teoría. ¿Qué es útil?, ¿qué significa que una teoría sea útil? Para ver si obtenemos algo de luz al respecto, vamos a discutir las descripciones del movimiento de traslación de la Tierra mencionadas previamente:
Vale. Visto lo visto, ¿qué hacemos? ¿Elegimos una? ¿Cuál? ¿Por qué? Si optamos por quedarnos con una de las teorías, nos vamos a ver en la obligación de compararlas, y para compararlas se hace indispensable disponer de criterios que den lugar a una clasificación. Vamos, que tenemos que decidir por qué considerar una teoría mejor que otra. El realista ingenio diría llegados a este punto: "el criterio está claro: es mejor aquella teoría que más se acerque a la verdad". El problema es que decir eso es lo mismo que no decir nada, porque, aún suponiendo la existencia de la verdad, lo cual es mucho suponer, seguiríamos necesitando criterios para saber cuál está más cerca de la verdad. Hay que tener en cuenta que si estamos tratando con teorías es que no conocemos la verdad, y si no la conocemos, ¿cómo podemos saber si estamos más o menos cerca? Parece pues que estamos condenados a utilizar criterios de clasificación. En la discusión de las teorías he deslizado algunos de los criterios que usualmente utilizamos: capacidad descriptiva, capacidad predictiva, elegancia formal, sencillez conceptual... Algunos de estos criterios hasta tienen nombre: navaja de Occam, principio de mediocridad copernicano, belleza... Pero no hay que dejar que expresiones tan potentes oculten el hecho de que nada los justifica. Las teorías no tienen por qué ser elegantes, ni sencillas. Ni matemáticas, por cierto. En este punto, el problema es evidente: ¿cómo elegimos los criterios? Lo más inmediato es pensar que vamos a necesitar criterios para comparar los criterios, lo cual parece abocarnos a una regresión infinita. Afortunadamente no es así, porque, en última instancia, todo depende de nuestra voluntad, de qué perseguimos inventándonos teorías. No todo el mundo le pide lo mismo a una teoría: unos quieren, simplemente, consuelo. Otros, predecir el futuro lo suficiente como para vivir sin sobresaltos. Están los que desean explicaciones y los que se conforman con una buena descripción. Hay quienes quieren conocer su papel en mundo. Y son muchos los que buscan en las teorías poder, poder para domeñar la naturaleza y ponerla a su servicio. Voluntad de poder, de sumisión, de asombro, de conocimiento, de belleza... Distintos deseos que dan lugar a distintas formas de elaborar y comparar teorías. Resumiendo: las teorías son suposiciones que elaboramos acerca del mundo. Para elegir entre ellas necesitamos poder compararlas, y para ello aplicamos criterios cuya única justificación es que históricamente se han mostrado eficientes en la selección de teorías capaces de satisfacer los deseos humanos. Todo esto, dicho así en general, está muy bien, pero, si bajamos al nivel del detalle, encontramos una proliferación extraordinaria de teorías, de modos de ver el mundo muchas veces incompatibles, de deseos enfrentados, de presuntas verdades que se muestran antitéticas. Para manejarnos con esta verdad múltiple, para poder hablar de ella sin perdernos en círculos viciosos y discusiones bizantinas, voy a proponer unas reglas de juego, un protocolo para pensar y conversar basado en la creación de ámbitos conceptuales a partir de postulados. El método: ámbitos conceptualesLa idea es sencilla: pensar hasta llegar a un callejón sin salida: entonces abrimos un nuevo ámbito de discusión en el que afirmamos lo contrario de lo que nos paraliza y seguimos pensando. Así, cada ámbito queda encapsulado entre sus postulados y las ideas que lo hacen inoperativo. El esquema sería el siguiente:
Este esquema no pretende construir un sistema de categorías para el mundo. No pretende estructurar la realidad, sino servir de apoyo al pensamiento. Los distintos ámbitos no tienen realidad física. Solo reflejan nuestras ignorancias e imposibilidades. Los ámbitos son, por lo tanto, provisionales y meramente instrumentales. Un ejemplo: el caosPuestos a comparar teorías, de entre las tres alocadas teorías expuestas al principio (los cerebros sumergidos en frascos, el universo caótico, el universo joven), yo me quedo con la del universo caótico. No voy ahora a entrar en detalles: lo haré en su momento. Simplemente diré que me parece la más atractiva por dos razones: la primera, porque es la única teoría realmente explicativa, dado que dice que no hay nada que explicar. La segunda, porque es la más económica: no hay que imaginarse ninguna nueva entidad, ninguna ley, nada positivo a lo que haya que buscarle un origen, una explicación. Sí, me parece (al aplicar aquellos criterios que mejor reflejan mis deseos), que la mejor hipótesis que hemos sido capaces de desarrollar acerca del universo es el caos. Sin embargo, decir otra cosa sería mentir, y eso es muy feo, yo no vivo como si creyese que el universo es caótico. Cada día despierto con la invencible sospecha de que el sol va a volver a salir y de que el metro aparecerá por el fondo del túnel para llevarme al encuentro de mis alumnos, quienes me estarán esperando con impaciencia sentados en sus pupitres... Como yo, casi toda la humanidad vive con la inevitable sospecha de que si se deja un vaso por la mañana encima de la mesa de la cocina, a medio día el vaso seguirá allí, a no ser que alguien lo cambie de sitio. ¿Quiere decir esto que el universo no es caótico? No, porque podemos estar equivocados. ¿Quiere decir esto que debemos creer que el universo es caótico y vivir en consecuencia? No, tampoco, porque ni podemos estar seguros, es tan solo una teoría, y una teoría indemostrable además, ni seríamos capaces de hacerlo, dado que la sospecha acerca de la permanencia de las cosas es insuperablemente intensa y pertinaz, posiblemente porque el cableado de nuestro cerebro sea tal que no podamos experimentar las cosas de otra manera. ¿Entonces? Me temo que no nos queda otra que llegar a cierto compromiso. La pregunta acerca de qué es y por qué es así el universo es demasiado importante para obviarla por las buenas. Por otro, la incapacidad para resolverla nos puede dejar varados, inmovilizados, en sus movedizas arenas. Incluso tener una solución puede ser todavía peor, porque aceptar, por ejemplo, el caos significa negar la causalidad, el ciclo de las estaciones, la propia vida y hasta el pensamiento. La solución a esta aporía es aplicar una estrategia que usamos habitualmente en la vida diaria. Si un problema se muestra difícil, demasiado difícil, lo aparcamos, lo aislamos, y continuamos con nuestras cosas. Se trata de seguir viviendo. Esta es mi propuesta. La pregunta, la gran pregunta acerca del universo nos deja paralizados. Bien, pues aislémosla, creemos para ella una burbuja estanca en la que se conserve, y en la que pueda convivir con sus posibles respuestas. Será un ámbito lo suficientemente accesible como para que siempre que lo deseemos podamos volver, un lugar con su propio lenguaje, con sus propias alternativas, un lugar con su propio sentido, al que siempre podemos acudir para seguir pensando acerca de la gran pregunta. Y, al mismo tiempo, creemos otro ámbito en el que la gran pregunta quede en cierta manera conjurada, creemos un lugar en el que la paralizante afirmación de que el universo es caótico quede anulada con la afirmación contraria: el universo está ordenado. Lo que quiero decir es que no hay por qué renunciar ni a la gran pregunta ni a posibles desarrollos posteriores. Podemos, por una vez, seguir las dos bifurcaciones del sendero, podemos mantener la gran pregunta viva para pensarla cuantas veces queramos y al tiempo reflexionar en otro lugar acerca de un universo con reglas más restrictivas, reglas que en realidad son suposiciones que nos permiten pensar acerca del mundo tal como lo experimentamos. En el ejemplo que manejamos, a partir de la pregunta por la existencia podemos elaborar multitud de teorías, como las tres expuestas y como muchas otras, entre las que se encuentra, por supuesto, la de que el universo es tal y como se nos presenta a los sentidos. Para elegir entre estas teorías aplicaremos criterios, criterios de selección que habrá que analizar y que, posiblemente, acabarán siendo los rasgos distintivos de cada ámbito. Puede ser que la teoría elegida permita seguir avanzando en la resolución de nuevos problemas. Si es así, perfecto. Pero también puede ocurrir, como en el caso de mi elección de la teoría caótica, que dicha elección impida continuar, impida incluso el surgimiento de nuevas preguntas. En tal caso propongo como solución crear un nuevo ámbito de discusión en el que se acepte como postulado lo contrario de lo que impide continuar pensando y cerrar el ámbito original. Así, en el nuevo ámbito utilizaríamos como punto de partida que el universo está ordenado de alguna manera, dejando abierta en el ámbito original la pregunta acerca de si el universo está ordenado o no. DeseosPuede parecer chocante que coloque los deseos humanos en el origen de los ámbitos conceptuales. A fin de cuentas, los deseos son cosas complejas, subjetivas y humanas, demasiado humanas. Sin embargo, no es nada descabellado, dado que el modelo de los ámbitos es un modelo conceptual, es decir, un protocolo para pensar. Y para pensar como pensamos los humanos, añadiría, por lo que es lógico que sea también algo humano lo que le dé origen y empuje. Siempre que pensamos, pensamos para algo, para satisfacer algún deseo. Este puede ser material o mental, puede ser para lograr control sobre el mundo o por simple satisfacción personal. Da igual: sea cual sea, pensamos para satisfacer un deseo. Por eso pienso que es bueno explicitar en el modelo la causa de nuestros desvelos. No pienso que escarbar en nuestros deseos nos vaya a ayudar a descubrir la verdad, pero sí que puede ayudarnos a no perseguir falsas quimeras. Si queremos ser suspicaces debemos serlo incluso con nosotros mismos, y una buena forma de conjurar el autoengaño es explicitar las propias motivaciones. Y aquí entro yo en la historia: casi todo lo que llena estas páginas está cogido de aquí y de allá, son productos de otras mentes que han colonizado la mía. Pero yo las combino a mi particular modo y las vuelvo a poner en circulación. Tengo muchas razones para hacerlo. Algunas son generales, pero otras son muy personales y tienen que ver con mis deseos. Dejarlos fuera supondría ocultar una parte importante de la motivación de El caos estructurado. Sería hurtar información al lector y pretender una objetividad imposible, incluso teniendo en cuenta que adoro la objetividad. Lo que propongo con los ámbitos conceptuales es un esquema que recoge los elementos básicos del pensamiento: deseos, teorías, postulados, criterios... Insisto: no pretenden ser una estructura del universo, de eso ya hablaremos, sino unas reglas de juego para comunicarnos y charlar. Un último comentario antes de entrar en materia: seguro estoy de que habrá quien le encuentre sesgos a mi modelo, intenciones ocultas, prejuicios encastrados: bien, es inevitable: que se los encuentren y que los tenga. Es obvio que necesitaríamos criterios para comparar el modelo de los ámbitos con otros, y que esto podría dar lugar a otros postulados estructurales que generasen otros ámbitos estructurales henchidos de otras teorías y... Pero por algún sitio hay que empezar. Y el comienzo que propongo es este: solo podemos estar seguro de que algo existe, lo cual nos condena a la parálisis si no aceptamos provisionalmente ciertas suposiciones acerca del mundo, suposiciones que podemos ir encapsulando conceptualmente en ámbitos de discusión. El primero, por supuesto, es el ámbito cero. |
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Última actualización: 2-3-2011 |
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