El caos estructurado

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Ámbito de la existencia estructurada:
visiones escépticas

Habiendo visto que la comprensión es un proceso de interpretación de metáforas, y siendo conscientes de las dificultades y pérdidas que se producen al comprimir y descomprimir la información, no es de extrañar que muchos vean imposible llegar a conocer el presunto orden del universo. Este escepticismo se argumenta de muy distintas maneras, no necesariamente excluyentes. Esbozo a continuación algunas de ellas.

El engaño cósmico

Pudiera ser, como ya vimos en la historia del cerebro sumergido en un frasco, que viviésemos engañados, que todo cuanto percibimos sea una completa farsa, una ilusión creada por un genio maligno, un ser superior, un científico loco, un mago o, incluso, nuestra propia mirada, incapaz de ver la verdad por algún tipo de castigo, caída o falta de confianza.

De ser cierto, lo que consideramos la realidad sería, en bonito oxímoron, una realidad virtual, una falsedad que enmascararía la auténtica realidad, inaccesible por ello a nuestros sentidos y pesquisas.

Hay mucha gente que encuentra sospechosa la realidad en la que vivimos inmersos a diario. Por una u otra experiencia sienten que algo no cuadra y andan por ello atentos a disonancias cognitivas, a fallos en el tejido mismo de la existencia, a errores en el escenario. Y para vencer la ilusión y acceder a la realidad real inventan técnicas mediante la cuales, con frecuencia gracias a estados alterados de conciencia, descorren el velo de Maya.

Esta paranoia cósmica suele estar relacionada con una profunda insatisfacción, con un desencanto vital, con la constatación de que nada es como gustaría que fuese. Algunos, incapaces de entender este desfase entre sus deseos y lo que la vida les ofrece, inventan otro mundo poblado de divinas teorías de la conspiración, pérdidas de la unidad, caídas en la engañosa pluralidad, múltiples niveles de existencia, vías de iluminación interior y cosas así.

No quiero ser injusto: algunas de las técnicas desarrolladas en esta búsqueda tienen indudables valores como terapias de relajación. Pero también es cierto que nada han logrado explicarnos a los no iluminados de esa realidad más real que la realidad que postulan. En cualquier caso, lo que parece extraño es el fervor con el que investigan un mundo que solo intuyen y apenas imaginan y desprecian, sin embargo, el interesantísimo mundo que tienen al alcance de la mano. Por mucho que pueda ser obra y gracia de algún pícaro genio maligno, es la única realidad acerca de la que disponemos ingentes cantidades de información.

Un universo parcialmente azaroso

Aunque la posibilidad de un mundo caótico la dejamos confinada en el ámbito cero, pudiera ser que el caos estuviera presente en el universo en una versión más débil en forma de azar. Este, entremezclado con la necesidad, podría hacer de la existencia algo tan fluctuante que se nos hiciese difícil incluso llegar a comprender los límites de lo comprensible.

La mecánica cuántica, por ejemplo, establece que, por debajo del mundo macroscópico, existe otro, microscópico, en el que el comportamiento de las partículas elementales está regido, si tiene sentido decir esto, por leyes probabilísticas. Por ejemplo, un átomo de uranio 238 tiene un 50% de probabilidad de descomponerse en átomos más ligeros pasados 4500 millones de años. Si tenemos un buen pedazo de uranio, podemos estar bastante seguros de que la mitad se habrá descompuesto al pasar esos 4500 millones de años. Pero si solo tenemos un átomo nada podremos predecir acerca de su descomposición. Puede ocurrir ahora mismo, dentro de un millón de años o dentro de cien mil millones.

Pudiera ser que esa estructura que le hemos supuesto al mundo, y que tan evidente parece al contemplarlo, solo llegase hasta cierto nivel de detalle y que, a partir de él, nada pudiese saberse. La nitidez espacial y temporal de esa frontera, definida por el conflicto entre la necesidad de las reglas de la estructura y el azar de la anarquía subyacente podrían superar en complejidad todo lo conocible, o ser fractal, o brumosa, o algo que ni siquiera sepamos especificar.

Un universo de hojaldre

La etimología dice que átomo significaba en griego 'lo que no se puede cortar'. Eso pensaban Demócrito y compañía cuando postularon los átomos para explicar las cosas del mundo, y eso pensaron los químicos del diecinueve cuando empezaron a medirlos. Luego descubrimos que no eran elementales, sino que en realidad estaban formados por protones, neutrones y electrones. Más tarde hubo que descomponer los protones y neutrones en ternas de quarks. Ahora andamos buscando unas pequeñas cuerdas y membranas que den cuenta del comportamiento de las decenas de partículas que hemos descubierto...

Es un ejemplo, pero vale: la estructura del universo podría tener un nivel de detalle infinito, amontonándose capa sobre de capa de intrincada estructura en un hojaldre interminable imposible de digerir. La imagen de la cebolla también vale, y añade un elemento lacrimoso.

Incapacidad cerebral

Aunque ya hablaremos de esto, para que haya conocimiento tiene que haber al menos una mente que conozca. De las mentes que tenemos noticia sabemos que son finitas, limitadas. Pudiera ser que la complejidad del universo, siendo finita, sobrepasase en cualquier caso los límites de comprensión humanas.

De hecho, este escenario parece el más razonable incluso suponiendo que el universo sea cognoscible. Nuestra mente es el resultado de millones de años de selección natural y ha adoptado su forma actual como solución a los problemas de supervivencia de un mono que vaga por la sabana, es decir, los problemas de una máquina muy concreta que vive en un lugar con unas condiciones físicas muy concretas. Su plasticidad le ha permitido resolver otros muchos problemas, pero su capacidad no tiene por qué ser ilimitada ni suficiente para comprenderlo todo.

Las matemáticas nos han permitido adentrarnos en mundos absolutamente ajenos a nosotros, pero esto no quiere decir que nos puedan guiar hasta la base última del universo, si es que la hay. Como producto humano que es, la matemática comparte sus mismos límites.

Dicho de otro modo: la matemática, y la ciencia que se basa en ella, es un subproducto de nuestra mente de cazadores-recolectores que, sorprendentemente, nos ha llevado mucho más lejos de lo esperable dados sus humildes orígenes. Pero quizá no pueda llevarnos lo suficientemente lejos.

La más terrible de las paradojas es que quizá nuestras creaciones sí sean capaces. Podemos construir máquinas más capaces que nosotros, máquinas con más memoria, más capacidad de razonamiento lógico, máquinas menos débiles capaces de comprender complejidades inimaginables para nosotros. Será patético cuando nos lo intenten explicar y nosotros tengamos que confesar nuestra incapacidad.

Solo tenemos acceso a los fenómenos

Las noticias que tenemos de la realidad nos llegan a través de los sentidos. Todo aquello sobre lo que fijamos nuestra atención no es más que el fenómeno, la representación sensible de... ¿de qué? Nunca lo podremos saber. Lo que son en sí las cosas, el famoso noúmeno kantiano, es algo inevitablemente oculto por los fenómenos, por la apariencia.

El color que tan alegremente y con tanta seguridad adjudicamos a las cosas tiene tanto que ver con el observador como con la cosa observada. Los fotones provenientes del sol inciden en una amapola. Cada uno de ellos posee una cierta frecuencia, un cierto nivel de energía. Pues bien: los pétalos de la amapola los absorben todos excepto aquellos cuya frecuencia pertenece a cierto rango de energía. Estos fotones rebotan en la materia de la amapola y van a impactar sobre la retina de un ojo humano. Muchos de ellos son despreciados sin más, pero otros son tratados por unas células especiales llamadas conos y bastoncillos que miden su frecuencia e intensidad y envían una señal al cerebro. Esta información es procesada y traducida en forma de la sensación visual que la mente percibe como "el color rojo".

Es decir, que los colores que vemos en las cosas dependen del tipo de luz que incide sobre ellas, y de su intensidad. También depende de la forma en que trabaja nuestro organismo. De hecho, algunos animales ven otros colores. Y otros, más colores. Y también depende del entorno, de los contrastes de luz y de color. El color depende de la estructura físico-química de la materia que constituye la amapola, pero está en nuestra mente y depende de las circunstancias.

Lo mismo ocurre con todos los demás sentidos. Y es que, con el fin de ofrecernos una versión manejable del mundo, el cerebro selecciona, interpreta y hasta falsea los datos que recibimos. Prueba de ello son, por ejemplo, las ilusiones ópticas que nos hacen ver movimiento hasta donde no lo hay.

Posiblemente nuestra mente no podría manejar una representación del mundo más compleja. Si pensamos en todas las frecuencias de infrarrojos y ultravioletas que no percibimos sumadas a las del espectro visible, lo que veríamos sería, posiblemente, un confuso galimatías. En este sentido, la representación es positiva.

Sin embargo, esa representación no es la realidad, lo que percibimos no es la realidad, sino una interpretación, una simplificación. La pregunta entonces es hasta qué punto podemos decir que dicha representación nos habla de la realidad.

El círculo hermenéutico

Toda hermenéutica, toda interpretación, supone un círculo vicioso por dos razones. Una, que al interpretar un enunciado, al intentar asignarle significado, debemos hacerlo en el seno de la totalidad a la que pertenece. Pero para conocer una totalidad debemos conocer sus partes constituyentes, una de las cuales es el enunciado que queremos interpretar.

La otra es que la interpretación requiere a su vez una interpretación, lo cual da lugar a otro proceso sin fin. Es como cuando buscamos un término en el diccionario y su definición remite a otro término que debemos buscar y así sucesivamente en un proceso que puede ser infinito. O circular, como cuando, para nuestra desesperación, el diccionario nos remite a la palabra inicial: según el DRAE (22ª edición) rojo es encarnado; y encarnado es colorado; y colorado, rojo.

Es verdad que si solo disponemos del diccionario nos va a ser muy difícil asignarle un significado a la palabra rojo, pero si tenemos a mano un campo de amapolas nos va a resultar mucho más fácil. Lo mismo ocurre con el lenguaje: si permanecemos dentro de él es imposible escapar del círculo vicioso de las definiciones, pero no si utilizamos algunos de los muchos medios de que disponemos para salirnos por la tangente: los sentidos, la ruptura con la lógica, la desincronización, los juegos de lenguaje...

En cualquier caso, disponer de salidas para este problema no evita que sus dificultades, y las dificultades que en general origina el lenguaje, aparezcan una y otra vez en toda reflexión sobre el conocimiento. A fin de cuentas, casi siempre pensamos con palabras.

El problema de la inducción

Consideración aparte merece el problema de la inducción. Este problema no presenta una dificultad sino la imposibilidad, de nuevo, de certeza. La inducción es el salto intelectual que realizamos cuando pasamos de conocer unos cuantos casos aislados a establecer una ley general. Al ver que el sol sale mañana tras mañana inducimos que el sol va seguir saliendo en las mañanas venideras. Pero esto no está justificado. Nada nos asegura que un fenómeno no pueda producirse mil veces y deje de hacerlo a la mil y una. Buscaremos entonces otros apoyos. Diremos que el sol va a seguir saliendo porque así se deduce de la ley de la gravedad. Pero resulta que la ley de la gravedad es una ley inductiva que no ha sido explicada. En este punto alguien argumentará que la relatividad general explica la gravedad como un combamiento del espacio-tiempo producido por la presencia de masas. El problema es que nadie ha dado una explicación del combamiento producido por la presencia de masas...

Como expliqué en Superstición y escepticismo, que el número 31 sea primo, y también el 331, y también los números 3331, 33331, 333331, 3333331 y 33333331 no nos asegura que también lo sea el 333333331. De hecho, no lo es. Durante siglos los europeos pensamos que todos los cisnes son blancos porque durante siglos todos los cisnes que vimos eran blancos. Entonces alguien llegó a Australia y vio un cisne negro.

Somos seres finitos, mortales. Eso no nos da tiempo para verificar todos los casos de una serie potencialmente infinita. Dicho de otro modo: las certeza de haber encontrado una regla cierta se escapan de nuestra capacidad. Siempre podemos sospechar que el contraejemplo surja en el caso siguiente.

Escepticismo absoluto

Por cualquiera de las razones anteriores, por cualquier otra, por una sabia combinación de ellas o, sencillamente, porque sí, podemos llegar al escepticismo absoluto.

La negación de toda posibilidad de conocimiento plantea un escenario similar al del caos, aunque con el punto de tristeza añadido que da pensar que existe una estructura que, sin embargo, no podemos conocer.

En realidad, razones hay más que de sobre para adoptar esta posición. Lo que ocurre es que es muy difícil de defender con sinceridad, porque implicaría, entre otras, no ir al médico o no subirse a los aviones. Otra pega es la que ya esgrimí para superar mi querencia por el caos: es una postura filosófica terriblemente aburrida. En ella solo cabe reflexionar sobre cómo llevar lo mejor posible una vida condenada a la ignorancia y charlar de las razones que nos han llevado a ella.

*

Lo dicho es suficiente para desesperar a cualquiera. Solo una de las dificultades esbozadas basta para anular todo el proyecto de investigación. El conocimiento se muestra como algo evanescente, sospechoso y provisional, si no imposible. Por ello, para no caer en el marasmo, propongo cerrar aquí este ámbito, de marcado carácter agnóstico, y abrir uno nuevo en el que supongamos lo contrario de lo que nos inmoviliza mientras seguimos, por otro lado, profundizando en las dificultades del conocimiento.

Este nuevo ámbito abre un contexto ligeramente optimista en el que suponemos que el círculo hermenéutico no es completamente hermético, la estructura de la existencia no es completamente opaca y nuestra mente no es completamente inútil. Pueden parecer muchas suposiciones de una vez, pero todas son necesarias para no quedarnos estancados en una completa imposibilidad epistemológica.

Por otra parte, decir que la estructura de la existencia no es “completamente opaca” no excluye la posibilidad de que lo sea en parte. Lo mismo vale para el hermetismo del círculo hermenéutico y la inutilidad de la mente humana. Las suposiciones que planteo son los suficientemente fuertes como para seguir investigando, pero lo suficientemente débiles como para poderle encontrar límites al conocimiento, de haberlos.


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► Sugerencia para continuar: Ámbito del conocimiento.

Fuentes:

  • Gorgias basaba su filosofía en aquello de 1. Nada existe. 2. Si algo existiese sería incognoscible. 3. Si algo existiera y fuese cognoscible, será incomunicable. Aunque sus justificaciones son un ejemplo de los líos verbales que tanto les gustaba organizar a los sofistas, las tres negaciones siguen poniéndonos las cosas difíciles.
  • El novelista Philip K. Dick muestra en muchas de sus novelas la paranoia cósmica, la sospecha de que lo que percibimos como real en realidad no lo es. Ubik, Un ojo en el cielo o la magnífica El hombre en el castillo son buenos ejemplos.
  • Leucipo y Demócrito inicaron el atomismo y Epicuro lo continuo, aunque la mejor exposición que ha llegado hasta nosotros es la de Lucrecio y su fascinante De la naturaleza de las cosas.
  • El problema de la inducción es extensamente tratado por Russell en El conocimiento humano.
  • Para el concepto del círculo herméutico se puede leer lo dicho acerca de Gadamer por Manuel Cruz en Filosofía contemporánea; o el extraordinario estudio de Vladimir Tasić Mathematics and the Roots of Postmodern Thought.
  • En The Black Swan, Nassim Nicholas Taleb da algunas interesantes ideas sobre el problema de la inducción, sobre lo malo que somos calculando probabilidades y, en especial, sobre la enorme sensibilidad de la cultura contemporánea a los "cisnes negros".

Última actualización: 16-3-2011


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