El caos estructurado

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El mal

La primera generación del mal

1.

Solo un canalla despreciable, o un completo ignorante, puede negar la existencia del mal. El dolor gratuito de millones de humanos víctimas de la guerra, el hambre, las enfermedades; las devastaciones producidas por la naturaleza; las injusticias perpetradas por Estados y poderosos; esos actos que sentimos en nuestro fuero interno que no deberíamos de haber cometido; o el inconfesable y secreto malestar que a veces experimentamos ante los éxitos de los amigos: todo ello prueba la existencia del mal.

Aunque habría que hablar más bien de males que de mal, porque tras este potente monosílabo se encuentran en realidad fenómenos de naturaleza muy distinta. Hay un mal que podríamos llamar natural, producto de la falta de diseño del universo y situado en el principio de todo. Es el mal que se manifiesta cuando un animal devora vivo a otro. O el que cometemos los humanos cuando nos dejamos llevar por nuestros instintos egoístas.

Hay un mal de segunda generación, un mal únicamente humano, consecuencia de la cultura, surgido por oposición a la moral, producto tardío pero de enorme éxito que ha sido capaz de lo más sórdido y de lo más exquisito. Por llamarlo de alguna manera lo etiquetaré como mal demoniaco.

Y aún hay otro tipo de mal, el peor, el más peligroso, el más devastador, el padre de los odios más profundos y las guerras más atroces: es el producto de la combinación de los dos anteriores con la más peligrosa y dañina de las fuerzas humanas: la estupidez. A este mal lo calificaré de enajenado.

No es mi intención realizar un catálogo de “malas acciones” y clasificarlas según su naturaleza: eso sería moralizar, y ahora no se trata de eso. Lo que pretendo es esbozar algunos de los rasgos que caracterizan a las distintas formas del mal y sacar a la luz las conexiones que existen entre ellas. Y esto, por dos razones: una, por saber. La otra, porque disponiendo de una buena caracterización del mal es mucho más fácil culpabilizar con precisión.

2.

Hace aproximadamente cuatro mil quinientos millones de años la vida surgió en la Tierra. Aunque definir el concepto de vida supone una serie de complicaciones que se abordarán en su lugar, lo que está claro es que los seres vivos somos cosas altamente complejas comparados con las piedras o la atmósfera.

Esta complejidad, que es la que nos permite reproducirnos y tener un metabolismo, nos hace por otra parte tremendamente frágiles, pues su mantenimiento exige condiciones muy especiales fuera de las cuales somos incapaces de sobrevivir. Para entender esto en su justa medida basta imaginar cómo sería nuestra propia existencia sin todos los aparatos y objetos que utilizamos para acondicionar nuestro medio.

Algunos, a causa de cierta visión literaria, imaginan la naturaleza amablemente dibujada con praderas y riachuelos un día de primavera. Otros, condicionados por expresiones como equilibrio ecológico o madre naturaleza, la ven como un limpio zoológico sin cercas ni fosos donde los animalillos se reúnen a la orilla del río para beber. Pero las cosas no son así: la naturaleza nunca ha sido ese parque inglés con estanques y sauces llorones que venden los cuentos, ni tampoco un apacible lugar donde las especies comparten los recursos en perfecto equilibrio.

La naturaleza, si no es un desierto, es una ciénaga con mosquitos. La comida nunca sobra, y los enemigos andan al acecho. Hay que defenderse de los depredadores y competir con otras especies y con los miembros de la propia para conseguir víctimas que comer. Hay que arriesgar la vida por el agua. Y también para sacar adelante a las crías, muchas de las cuales mueren antes de hacerse adultas.

La naturaleza es inclemente, y lo es porque no dispone de una personalidad capaz de clemencia. Si soltamos un bebé en medio de una selva infestada de animales salvajes puede que sobreviva, pero lo más probable es que los depredadores, la enfermedad o el hambre acaben rápidamente con él.

Lo más tremendo de todo es que esto, lejos de ser un cuento truculento, es la norma: los animales, en su medio natural, mueren devorados, o consumidos por enfermedades infecciosas (lo cual viene a ser lo mismo, si uno lo piensa), o de hambre. Raramente de viejos: y es lógico, porque para llegar a viejo hace falta superar innumerables agresiones del exterior durante un largo periodo de tiempo, lo cual se hace más y más improbable a medida que el cuerpo degenera.

No pretendo ser morboso. Solo quiero exponer un hecho: el medio natural es un lugar donde los seres vivos corren peligro constante. La razón, insisto, es que no hay ninguna razón para que no sea así: nadie le ha dado ninguna orden a la Naturaleza para que cuide de la vida, ni tiene la Naturaleza voluntad ninguna en este sentido ni en ningún otro. No hay ley que prohíba que un meteorito gigante caiga sobre la Tierra y extermine especies enteras. Nada impide que ocurran terremotos, erupciones volcánicas o tsunamis. Nada impide que se produzcan sequías, o inundaciones. O pandemias. Y todo esto es malo, muy malo, para esos sistemas complejos que en conjunto llamamos vida. Es obvio que a una piedra casi todo le da igual, mientras que al bebé que soltamos antes en la selva casi todo le hace daño.

Es importante insistir en que esas condiciones agresivas e inclementes ya existían antes de que llegásemos nosotros: por eso sitúo el mal en el comienzo de todo. La vida nunca fue expulsada del jardín: no existió una edad de oro a la que siguió otra de hierro: la vida nació del cieno y desde el comienzo tuvo que luchar.

3.

Alfred Hitchcock nos cuenta en su película Los pájaros la historia de Bodega Bay, un coqueto pueblo costero que sufre de repente el ataque de los pájaros. Al principio son solo ejemplares aislados que se muestran inusualmente agresivos, pero pronto los ataques se hacen generalizados y bandadas de cuervos, gaviotas, gorriones y cuanto pájaro pueda uno imaginar atacan indiscriminadamente las casas del pueblo y a sus moradores.

La película es el relato del terror que personas normales de vidas normales sienten ante una amenaza que al principio no creen pero que poco a poco se va imponiendo con toda su realidad. Intentan encontrar una explicación, pero fracasan, porque no la hay. Por eso el terror es tan puro, porque no está contaminado por otros sentimientos asociados a la injusticia o la brutalidad como son la ira o el deseo de venganza. Los pájaros representan un mal ante el que no se puede protestar, ante el cual no tiene sentido apelar a las leyes humanas: no hay malvados, no hay inmoralidad: solo la más completa amoralidad. Los pájaros de Los pájaros representan el mal natural, uno que no tiene razones. El que los causantes de tanto dolor sean animales habitualmente tan pacíficos introduce un elemento de extrañeza desconcertante, pero la verdad es que las preguntas que se hacen los habitantes de Bodega Bay son las mismas que se hacen las víctimas de cualquier desastre natural: ¿por qué?, ¿por qué aquí? ¿por qué a mí?

El drama es que estas preguntas no tienen contestación. El mal natural no es una fuerza personal, no es un demonio con cuernos y mala leche empeñado en condenarnos al fuego eterno: tan solo es el producto del completo desinterés de la naturaleza hacia las criaturas vivas.

4.

Sin embargo, pese a todas las dificultades, la vida prosperó. Que apareciese, aunque aún no hayamos sido capaces de fijar todos los detalles, no es tan sorprendente: las cosas pasan. Lo realmente llamativo es que haya prosperado en un medio tan hostil. La explicación de este fenómeno la encontramos en una serie de estrategias que sirven para violentar la probabilidad y hasta el sentido común.

La primera es la de los grandes contingentes. En la historia de la vida pronto se descubrió que es bueno tener muchos peones en el tablero cuando es seguro que muchos van a caer en la batalla. Si apostamos nuestra herencia a unos pocos campeones corremos el riesgo de que los campeones caigan y con ellos nuestras esperanzas de porvenir. Pero si los herederos son miles, o millones, puede que alguno, aunque sea por casualidad, sobreviva.

Otra estrategia es la especialización: cuando los seres vivos ganaron en complejidad, el desarrollo de una habilidad particular se convirtió en posibilidad: así, unos se hicieron veloces y otros impasibles. Algunos aprendieron a volar y otros a disimular. Los hubo que se volvieron venenosos. Otros se hicieron gigantes. Y fueron tan espectaculares los resultados que la naturaleza se llenó de sofisticados diseños biológicos.

Sin embargo, lejos de desaparecer, el mal natural se encarnó en nuevas formas. Las nuevas formas que adoptó la vida no hicieron más cómodo vivir, sino todo lo contrario, pues la competencia se hizo más feroz dado que la evolución de las formas, lejos de ser un concurso de belleza, siempre fue lo mismo: una carrera armamentística: si la gacela se hace un poco más veloz para huir del guepardo, al guepardo solo le queda un camino para sobrevivir: volverse a su vez un poco más veloz. Y vuelta a empezar.

5.

En The Jungle Book, Rudyard Kipling nos cuenta por boca de Bagheera, la amistosa pantera negra protectora de Mowgli, cuál es la ley de la selva: “pega primero y avisa después”. Esta ley básica se complementa en esta simpática colección de relatos con una encendida defensa de la pena de muerte para todos aquellos que no cumplan con los otros preceptos de la legislación selvática. Kipling sintetizó con franqueza y sagacidad la ley efectiva en la naturaleza, aunque la abrazó quizá con demasiado entusiasmo. En su descargo hay que decir que este asumir la ley de la naturaleza como ley natural, como norma a seguir, ha tenido mucho predicamento a lo largo de la historia. Incluso hoy hay quienes opinan que cada uno debe buscarse la vida sin contar con los demás.  

Lo cierto es que el término ley es engañoso, pues lejos de ser una ley es la completa ausencia de ley, dado que los bichos no se andan con contemplaciones a la hora de obtener su alimento -para ello tendrían que ser capaces de contemplar-: lo buscan y, si lo encuentran, se lo comen, esté quieto o en movimiento, sea verde o pardo. Una ardilla no ve en una bellota un hermoso fruto, sino comida. El guepardo no ve en la gacela un grácil ser vivo, sino comida. Se podría opinar que no hay mal en esto, que la necesidad es la necesidad. Pero si le preguntamos a la gacela mientras el guepardo la mastica el cuello seguramente opinará otra cosa.

Los seres vivos, incluidos los humanos, han heredado la mala leche del mundo físico, una mala leche producto de la carestía. Los economistas definen su ciencia como el estudio de la elección ante la escasez, es decir, el estudio de cómo gestionar los recursos inevitablemente escasos ante la demanda siempre ilimitada. Con semejante definición podríamos considerar a la economía la ciencia total, porque al final todo consiste en eso: cómo gestionar lo poco ante la demanda de muchos. La solución que ha encontrado la vida es simple: lucha, una lucha muchas veces fratricida por la conquista de aquello necesario para la supervivencia y que suele llevar asociada una ingente provisión de dolor.

Esta escasez de la que hablo podría pensarse accidental, pero es en realidad consustancial a la vida. Y a la ceguera estratégica. Aunque de esto hablaré cuando trate la existencia de las especies, adelantaré el argumento fundamental: si por un casual hubiese mucho alimento del que consume una determinada especie, esta crecerá y crecerá alegremente y sin trabas. ¿Por qué? Pues precisamente porque hay alimento y porque los animales no suelen organizarse ni en asambleas ni en comités para pensar en el futuro.¿Hasta cuándo? Pues es evidente: hasta que sean tantos los miembros de la especie que la abundancia se convierta en escasez. Entonces, inevitablemente, los individuos competirán entre sí por los recursos disponibles. Y los fuertes y los astutos prevalecerán sobre los débiles o torpes.

Es el mal natural.

6.

La primera parte de la película 2001 de Stanley Kubrick resume lo dicho con extrema precisión: tras unas escenas que nos muestran un medio duro, terroso, seco, vemos a un grupo de peludos antropoides comiendo raíces. Otras escenas nos muestran momentos de su vida cotidiana: un leopardo mata a uno de ellos para comérselo; el grupo intenta acercarse a una charca, pero otro grupo tiene tomada la posición y le rechaza; refugiados en una cueva, los antropoides escuchan asustados los ruidos de los depredadores nocturnos...

Un día, todo cambia: al despertar encuentran ante sí a un monolito completamente negro, de varios metros de alto y de forma perfectamente ortoédrica. Asustados, excitados, se acercan poco a poco a aquella cosa que escapa a su comprensión. Uno de ellos acaricia con su mano el afilado perfil de una de sus caras verticales...

La escena siguiente es de una lucidez espectacular: uno de los antropoides, quizá por influjo del monolito, quizá porque aquel artefacto le ha hecho pensar, o quizá porque sí, se da cuenta de que si coge un fémur y golpea con él dispondrá de una capacidad de destrucción mucho mayor. Su primer éxito será matar un tapir, lo cual permitirá a su tribu dejar de roer raíces y pasar a comer carne. El segundo éxito será matar al cabecilla del grupo rival, ese que no les permitía beber de la charca. Justo a continuación es cuando se puede ver la elipsis más prodigiosa de la historia del arte.

Las escenas son interesantes por más motivos de los que se puedan imaginar, pero hay uno esencial para el tema del mal: los protagonistas nos son humanos, son simios, habitantes de un mundo prehistórico y premoral, previos a las grandes culturas y religiones. Lo que les ocurre y lo que hacen es natural, los hechos y sus comportamientos no están condicionados por morales ni tradiciones ni grandes relatos. Sin embargo, lo que vemos es indudablemente malo. Es malo que uno de ellos sea devorado por el leopardo. Es malo vivir con miedo. Es malo no poder beber. Es malo que te abran la cabeza con un hueso.

Es el mal natural.

7.

Andaba yo cursando el bachillerato. Hacía un día de perros y no nos dejaron salir a la calle, por lo que tuvimos que pasar el recreo andorreando por los pasillos. Con las manos a la espalda y sumido en mis pensamientos pasé por la puerta de una clase que estaba abierta: atraído por unos sonoros golpes que provenían de su interior miré y vi a un compañero que había arrancado parte la cantonera de madera de un pupitre y con ella, a modo de vara, golpeaba despiadadamente no sé si el mismo pupitre descantillado u otro.

Sorprendido de la fiereza de mi compañero seguí mi camino hasta que se acabó el pasillo. A la vuelta, antes de llegar a la puerta abierta, me percaté de que los ruidos seguían, aunque ahora eran más sordos, menos contundentes. Cuando llegué a la altura de la clase me asomé, lo que me permitió ver al jefe de estudios golpeando la espalda de mi compañero con la misma cantonera y la misma saña con las que él golpeara previamente el pupitre.

Que el mal se propaga como un virus es un tópico: todos conocemos gente que descarga sus frustraciones laborales montándole soberanas broncas a los hijos, o que repercute sus problemas conyugales en sus subordinados. En realidad es como si el mal, más que un virus, fuese una sustancia que nos pasamos unos a otros. De hecho, la sensación de estar enfadado es la de tener una carga de la que hay que desembarazarse, cosa que logramos haciéndole pagar al primero que pasa por allí un mal recibido que a veces ni siquiera recordamos de dónde vino.

La mala noticia es que la situación es todavía peor, pues esta sustancia que es el mal no cumple ninguna ley de conservación: por el contrario, el mal tiende a amplificarse, a crecer. La anécdota de la cantonera, por otra parte completamente verídica, no demuestra nada, pero sí muestra con claridad la diferencia entre el mal recibido y el mal transmitido, que es la        que hay entre el agravio de aporrear un pupitre y el castigo de ser aporreado sin piedad en la espalda.

Podría pensarse que la asimetría es aparente, que en realidad el tipejo aquel estaba volcando sobre la espalda del pobre alumno toda una vida de humillaciones. Efectivamente hay gente así, gente que ha sucumbido bajo el peso de su propia frustración e impotencia, gente incapaz de sonreír sin que los músculos de la cara se les retuerzan en una mueca. Sin embargo, quienes conocemos algún ejemplo de este tipo humano sabemos que nunca se agota su capacidad de mal. El problema no es que tengan mucha sustancia maligna almacenada, sino que se han convertido en verdaderas maquinas perpetuas de producción de mal.

Algo tan terrible puede parecer difícil de explicar, pero no es así: en realidad es una simple cuestión de deficiencia en la adquisición y tratamiento de la información. De ignorancia, vamos. Es obvio que de los demás, hasta de las personas más cercanas, tenemos una visión fragmentaria, esquemática, superficial, mientras que de nosotros mismos tenemos un conocimiento rico y detallado. No quiero decir con esto que la imagen de uno mismo sea siempre ajustada, ni mucho menos. Tan solo que esta imagen propia es siempre mucho más rica que la que nos formamos de los demás. El más normal de los mortales se percibe a sí mismo como un ser complejo y lleno de matices, mientras que los demás difícilmente pasan de simples estereotipos. Esta asimetría nos lleva con frecuencia a minusvalorar el dolor del otro, del que apenas si tenemos noticia, mientras que al nuestro, a nuestro dolor, tendemos a sobrevalorarlo, primero porque conocemos perfectamente su profundidad y, segundo, porque lo sentimos.

Y esto que es verdad como pacientes también es aplicable en nuestro papel de agentes: nuestros actos siempre tienen explicación: conocemos los detalles, las circunstancias, las limitaciones que nos han llevado a realizar el acto en cuestión. Siempre somos capaces de encontrar una excusa adecuada y comprensible. Por el contrario, los actos de los demás se nos presentan con frecuencia como injustificados: no vemos las razones, las causas, y aún viéndolas tendemos a quitarles valor. Por eso es tan frecuente que los actos negativos de los demás, en vez de achacárselos al desconocimiento o a las circunstancias, los consideremos productos de la más pura maldad.

Todo esto lo resume Montaigne en un par de frases: “el bien es determinado y finito, el mal infinito e ilimitado. Mil rutas se desvían del blanco, una sola conduce hasta él”.

8.

Esta capacidad del mal de propagarse y amplificarse no le viene de siempre. El mal se hizo infeccioso cuando sobre la tierra surgió la memoria. Los animales no son vengativos. Aunque haya toda una tradición literaria consistente en humanizar a los animales y endilgarle toda nuestra basura, lo cierto es que los animales, por lo general, bastante tienen con buscarse la vida. Pero es que, aunque dispusiesen de tiempo libre, carecen del ingrediente imprescindible para el rencor, a saber, una mente memoriosa y narrativa, capaz de recordar las ofensas y proyectarse hacia delante en el tiempo para inventar posibles futuros alternativos. Es obvio: el gato se defenderá del ataque en el momento de sufrirlo, pero no vendrá a buscarnos al día siguiente para rasgarnos la yugular. 

Los humanos somos capaces de vivir varias vidas gracias a ese simulador de realidad virtual que es el cerebro. No solo vivimos los hechos, sino también sus alternativas, y sus posibles causas. Ante una ofensa, por ejemplo, no nos limitamos a sufrirla en su momento, sino que la volvemos a sufrir en la memoria en busca de las razones, y de los detalles, y del grado exacto de la ofensa, alimentando con todo ello nuestro rencor. Y si hacemos esto con el pasado, con el futuro actuamos de modo parecido: no nos conformamos con vivirlo cuando llega, sino que antes lo recreamos en multitud de alternativas que imaginamos y planeamos. De esta manera sufrimos la ofensa no una, sino mil veces, y disfrutamos por adelantado de ese momento en que nos desharemos de la carga y devolveremos con creces, por supuesto, todo el mal recibido. Y no una, sino mil veces.

Solo por epatar añadiré que otro factor que coadyuva a la amplificación del mal es la tecnología. Uno de los efectos de la tecnología es acortar los tiempos de respuesta: gracias a ella todo es más rápido y lo que antes consumía largos intervalos de tiempo hoy es casi inmediato. En uno de los campos donde más se nota es en el de la violencia.  Un león celoso puede darle un zarpazo a otro, o dos, pero no lo mata. Los ciervos se dan topetadas entre sí por las ciervas, pero no se matan. Incluso los humanos, cuando nos atizábamos con los muy ineficientes palos, teníamos tiempo para darnos cuenta de que llevábamos las de perder y que era más eficiente salir de naja. Sin embargo, hoy día, un humano enfadado puede vaciar el cargador de su pistola en las tripas del otro antes de que a ninguno de los dos les dé tiempo a pensar en considerandos y consecuencias.

9.

La existencia de un mal natural lleva a muchos a creer en un bien natural, es decir, en una moral natural. A muchos les parece tan obvio que derribar casas o matar es malo que creen que debe de haber alguna ley natural que lo prohíba. Pero no la hay. Ninguna ley prohíbe los terremotos. Tampoco hay ley natural que prohíba que unos animales maten a otros. En la naturaleza no hay reglas. Es el todo vale, si funciona, aunque sea provisionalmente. La naturaleza no es sabia, ni bondadosa. Por no ser, ni es.

La segunda generación del mal

10.

Así dicho, y gracias a los procesos de generación y propagación, el mal parece una ola devastadora destinada a acabar con todo. Si tenemos en cuenta que el mal, en forma de destrucción, se da en la naturaleza porque sí; si los seres vivos han heredado un mundo de recursos necesariamente escasos en el que la lucha con el otro es el medio inevitable para sobrevivir; si después los humanos, gracias al efecto combinado de nuestra capacidad narrativa y nuestra ignorancia de los demás, somos capaces de propagar e incluso amplificar el mal, cabe preguntarse cómo es posible que hayamos llegado hasta aquí, cómo es posible que, pese al poder destructor del mal, la especie humana haya sido capaz de prosperar y colonizar casi por completo la superficie de la tierra.

Este hecho sorprendente se debe al éxito de una serie de estrategias que han logrado atenuar y compensar los instintos violentos de la especie. Me refiero al altruismo, la cooperación, y a su cristalización: la moral.

El altruismo lleva al individuo a sacrificarse en beneficio de otro, a buscar el bien ajeno aunque sea a costa del propio perjuicio. En realidad este sacrificio es aparente, porque, tras el comportamiento altruista se esconde un beneficio: por ejemplo, al salvar de la muerte a un hijo lo que se está haciendo es salvar parte del propio bagaje genético. De esta manera, los genes ayudan a copias de ellos mismos situadas en otros cuerpos.

La cooperación implica compartir esfuerzos para lograr un objetivo común, y sus beneficios genéticos son aún más evidentes, pues el propio cooperador sale beneficiado. También hay sacrificio en la cooperación, pues además de a uno mismo también se está ayudando a la ganancia de otros. En cualquier caso, si se coopera es porque el beneficio propio compensa la ayuda prestada: y es que los genes están dispuestos a ayudar otros siempre y cuando esto les ayude a replicarse. 

Los dos juntos componen un aparato de indudable éxito social, pues gracias a su aparición se hizo posible la familia, la tribu, y el que los individuos se sacrificasen en aras del “bien común”. Gracias a él, el guerrero se identifica con la tribu hasta el punto de ofrecer su propia vida por ella. Gracias a él pueden los padres sacrificar sus vidas en miserables trabajos con el único fin de sacar una prole adelante, una descendencia que a su vez sacrificará su propia vida en beneficio de una nueva generación que...

Siendo indudables los beneficios genéticos de este mecanismo combinado altruismo-cooperación, tiene sin embargo un alcance limitado, pues raramente su efecto va más allá de los miembros de las propia familia o la propia tribu: y es que la cooperación y el sacrificio son asumibles si los beneficios se ven próximos, pero todo se hace cuesta arriba si los beneficiarios son personas desconocidas y lejanas en lo geográfico, lo cultural y, sobre todo, en lo genético.

Con el tiempo la especie se hizo más inteligente, las interacciones sociales más complejas y, como es lógico, también sus reglas. Los instintos enseguida se mostraron insuficientes para navegar con eficiencia en el difícil mundo de las relaciones humanas. El altruismo y la cooperación se refinaron y concretaron en casos particulares y dieron lugar a la moral.

La moral es un conjunto de reglas que recuerdan al individuo cómo debe comportarse en cada situación, al menos en aquellas más usuales dentro de la sociedad correspondiente. Forma parte de la tradición y es un producto emergente, resultado de las interacciones entre los miembros de un grupo durante un largo periodo de tiempo. Es la experiencia social de una cultura cristalizada en una montón de enunciados básicos que tienen la virtud de funcionar, en el sentido de que han posibilitado la cohesión social, la coexistencia de los integrantes del grupo. Que esto se logre por lo general a costa de la felicidad de los individuos es otra cuestión.

O en realidad no, porque si bajo algún sistema moral la gente hubiese sido feliz no me cabe duda de que la humanidad entera hubiese acabado por abrazar tal sistema. Pero no ha sido así. De hecho, los humanos, pese a las presuntas ventajas de los sistemas morales, hemos encontrado placer en desobedecerlos, es decir, en ser malos.

11.

No es el momento de describir en detalle el paso de las tradiciones a los sistemas morales y de estos, a su vez, a las leyes escritas. Lo importante ahora es darse cuenta de que la existencia de unas reglas supone la posibilidad de desobedecerlas.

Esta perogrullada tiene unas implicaciones extraordinarias para el humano, pues le fuerza a tomar decisiones éticas, y no meramente instintivas. La gacela ve al guepardo y sale corriendo en sentido contrario. El ciervo ve a la cierva y sale también corriendo: hacia la cierva. No se plantean si su acción es acorde con las reglas o no, porque no hay reglas. Hacen lo que les toca hacer. No hay dudas. Y cuando hay dudas es tan solo porque dos instintos entran en conflicto, como cuando el asno de Buridan acabó muriendo por no saber decidirse entre el cubo de agua y el de alfalfa.

Todo esto cambia con el advenimiento de las morales. Con ellas el mundo se vuelve terriblemente complejo y la vida un laberinto de disyuntivas y bifurcaciones. Hasta la imagen de los individuos, la propia y la pública, dejan de medirse únicamente por parámetros de eficiencia para valorarse también en función del grado de cumplimiento de las reglas.

O de incumplimiento. Y al que cumple se le llama bueno y al que desobedece se le llama malo. Y de esta forma el advenimiento de las morales da lugar a la segunda generación de mal: el mal demoníaco. Este mal se diferencia del mal natural en que no es necesariamente destructivo. No al menos del modo evidente en el que lo es el mal natural. El mal demoníaco consiste, sencillamente, en no cumplir las reglas.

El mal natural y el demoníaco se solapan, pero no son coincidentes. Si un tipo, llevado por un ataque de ira, se lía a golpes con uno que tiene la desgracia de pasar por allí, al tiempo que está cometiendo un mal natural está seguramente contraviniendo además una regla moral que prohíbe pegar sin motivo a los transeúntes. Pero si a alguien le gusta mantener relaciones sexuales haciendo el pino puente y tiene la desgracia de vivir en un lugar en el que la moral imperante prohíbe tales prácticas, si las realiza estará cometiendo un mal demoníaco por contravenir las reglas, pero no un mal natural. Y si unos esclavos, siguiendo un antiguo rito, son enterrados vivos junto con su amo, sin duda se está cometiendo un mal natural, pero no un mal demoniaco.

Los juegos de reglas que son las morales, aunque en un principio podrían parecer una buena idea, entran en conflicto con montones de cosas importantes como, por ejemplo, los instintos, la libertad e, incluso, la realidad.

12.

La moral no reemplaza a los instintos, sino que se superpone a ellos. Siendo de naturaleza cultural, no puede sustituir a algo que es puramente físico. Los instintos siguen ahí, grabados a fuego en nuestra estructura genética, y la moral lo único que puede hacer es intentar modularlos o simplemente reprimirlos cuando existe conflicto. Y lo hay.

Lo hay cada vez que nuestras apetencias chocan con las costumbres. Lo hay cuando el deseo sexual se ve frustrado por las convenciones, los contratos, el qué dirán. Lo hay cuando alguien es tan evidentemente molesto que su muerte sería la solución perfecta. Lo hay cuando la única distancia que nos separa de nuestros deseos se podría resolver con una riqueza que podríamos alcanzar fácilmente robándola.

Si no existiesen las reglas morales no habría conflicto. Pero las hay, lo cual nos convierte a los humanos en máquinas regidas por dos juegos de instrucciones no necesariamente compatibles, es decir, en unos locos perpetuos: pensamos una cosa pero sentimos otra, deseamos intensamente cosas que sabemos nos perjudicarán, sufrimos por no hacer lo que deseamos, o por hacerlo estando prohibido.

Lo terrible es que si hay conflicto es porque las reglas tienen su validez. Más o menos conscientemente todos sabemos que esas reglas que nos limitan y coartan posibilitan a la vez una existencia mínimamente pacífica y libre al menos de algunos miedos. Por eso dudamos, porque somos incapaces de calcular con precisión qué alternativa nos resultará más beneficiosa. Quienes son más felices son aquellos que, por sabiduría o por ignorancia, saben, o creen saber, sin ningún género de dudas, cuál es la mejor de las dos alternativas.

Es curioso que, para algunos, esta duda permanente, esta perplejidad continua ante las alternativas de la vida, incluso la misma existencia del mal, sea el coste de la libertad. Pero no es libertad lo que ganamos con estar constantemente confundidos ante un mundo en el que las cosas no encajan: es desasosiego. Por eso la mayoría acepta las reglas, aunque sea tan solo aproximadamente.

Las contradicciones entre instintos y reglas morales son en parte producto de los azares que dan lugar a ambos sistemas normativos, pero sobre todo de la diferencia de finalidad que tiene cada uno de ellos. Los instintos persiguen asegurar la supervivencia de los genes, mientras las morales persiguen sobre todo el mantenimiento de las sociedades y de los poderes hegemónicos. Para la cohesión social es malo que una señora emparejada se líe con el vecino, pero es bueno para sus genes, si el vecino los tiene mejores que los de la pareja. El mal demoníaco puede surgir por la incapacidad de los sistemas de control social de reprimir por completo los instintos: el deseo sexual, el afán de poder, la búsqueda de la notoriedad nos empujarán una y otra vez a transgredir las reglas morales.

La codicia del estafador, la compulsión del violador, la violencia del asesino, son formas evidente del mal demoníaco, pero también lo son la infidelidad, el pequeño hurto, la zancadilla, la maledicencia, la inhibición ante el mal ajeno o la satisfacción íntima que a veces se siente ante el fracaso del amigo. Lo son todas esas pequeñas maldades que nos permitimos aunque nos horroricen en los demás. Son los instintos que reclaman sus derechos. Son los instintos victoriosos.

La prueba de su fuerza reside precisamente en que somos capaces de afrontar riesgos enormes, unas veces en forma de amargos remordimientos, otras como castigos sociales e incluso judiciales, con tal de dar satisfacción a nuestros apetitos.

Es una sensación difícil de explicar, pero si el lector ha sentido alguna vez una pasión intensa, verdaderamente intensa, de esas que te hacen perder el control y la conciencia, y que son, además, contrarias a los usos y costumbres, sabrá a qué me refiero.

Y quién no lo haya vivido, bueno, le diría que se está perdiendo algo.

13.

Vale: el éxito de las reglas morales reside en que permiten que seres naturalmente salvajes convivan y desarrollen sociedades complejas. Sin embargo, esta convivencia tiene un coste, la libertad, pues la moral, al limar diferencias y uniformizar comportamientos, limita la capacidad de decisión del individuo.

Dicho de otra manera, el conflicto entre instinto y moral es el conflicto entre lo individual y lo colectivo. Más allá de esta obviedad, hay en el advenimiento de las morales una curiosa y sutil contradicción: al tiempo que nos ofrece la capacidad de decidir nos dicen también cómo tenemos que decidir: nos ofrece dos caminos, pero nos dice que solo uno es bueno. La moral nos hace libres para inmediatamente después reprimir esa misma libertad que nos ha brindado. Por eso es lógico que en este juego de tensiones el individuo, en cuanto tal individuo, vea en la moral el arma de su oponente, es decir, la colectividad, sea esta la pareja, la familia, la tribu, o, sencillamente, todos los demás.

Este punto del relato es muy interesante, pues la moral, al tiempo que estabiliza las sociedades, hace posible también la transgresión, y hasta la subversión. Su mera existencia empuja a los creativos, y a los suspicaces, y a los valientes, a conculcar sus normas. Da un cauce, por negación, para escapar de la sensación de hartazgo, y le dice al rebelde cómo debe comportarse: justo al revés de cómo dicen las normas.

En este caso el mal demoníaco supone una vuelta de tuerca más, pues aunque aquí también ande el instinto pugnando por imponerse, la rebelión es algo más que la mera búsqueda de la satisfacción de un deseo: la rebelión tiene un punto de refinamiento, un algo de gesto, de teatralidad: la rebeldía siempre es un manifiesto. El rebelde, sea sexual o literario, sea político o generacional, no está buscando con su rechazo a las reglas la satisfacción de un apetito, no al menos directamente: está buscando separarse, distanciarse de un grupo que le repugna. Se está haciendo un lugar, pero no uno cualquiera, sino uno especial. Ya lo dijo Hobbes: “el hombre solo disfruta a fondo lo que le hace resaltar frente a los demás”.

Si hay un movimiento artístico que ejemplifica la rebeldía es el Romanticismo. Artistas de todas las disciplinas reaccionaron contra una sociedad academicista, canónica, plagada de reglas y constreñida por los dictados del racionalismo. Frente a la normalización abrazaron la máxima exaltación del individuo y sus deseos. ¿Y qué mejor forma de reaccionar contra el mundo moderno que transgredir la moral? Por eso Mérimée habla de la voluptuosidad de “faire le mal pour le plaisir de le faire. Por eso surgió toda una estética del mal que abraza “la enfermedad, la transgresión, la muerte, lo tenebroso, lo demoníaco, lo horrendo”. Es el mal como ejercicio de libertad, la violencia como ejercicio del poder, la sensación de que solo incumpliendo las normas establecidas se es dueño del propio destino.

La falta de originalidad que se esconde en una búsqueda permanente de la originalidad y que en el fondo estaban reaccionando los románticos a unas reglas abrazando con fruición otras son cosas de las que, llevados en volandas por la pasión, no se dieron cuenta entonces. Tendría que pasar el tiempo para que Bioy Casares escribiese: “la maldad es un error intelectual y romántico”.

14.

El tiempo pasa, inexorable. El azar degrada los sistemas y todos nos hacemos viejos. También las morales. Las reglas que tuvieron cierto sentido y por eso éxito en el seno de una determinada cultura lo pierden cuando las condiciones cambian. Entonces la moral se convierte en enemiga no solo del individuo salvaje, sino incluso del individuo social.

Desde normas alimenticias, como no comer determinados alimentos, hasta sexuales, como la obsesión por la virginidad femenina, pueden perpetuarse a lo largo de los siglos pese a que su finalidad, optimizar los recursos alimenticios disponibles o asegurar la herencia del macho por vía genética, haya desaparecido. La moral se convierte entonces en una pesada carga que lejos de ayudar a la tan citada cohesión social obliga a los individuos a revolverse contra unas reglas que no solo le reprimen, sino que, además, lo hacen de modo completamente gratuito y estéril.

La razón de este desfase entre las reglas y la realidad es que la inercia moral es muy grande. Su vehículo de transmisión es la tradición, y esta forma una parte importante de lo que son los pueblos. No actuar “como se ha hecho siempre” es para muchos tanto como renunciar a lo que son, a lo que les define como individuos y como tribu. Dan igual razones y pruebas, da igual constatar que otras culturas actúan de otra manera: “pues aquí siempre lo hemos hecho así” es el argumento central de esta inercia moral, de esta fosilización de las normas sociales que convierte en malos a aquellos que intentan vivir de modo acorde a las novedades de un mundo siempre cambiante.

Un ejemplo asombroso lo tenemos en la científica y tecnológica Europa, donde el comportamiento de sus habitantes se ha visto modulado y censurado durante siglos por la reglas morales que se dieron a sí mismos un puñado de pastores nómadas que recorrían con sus rebaños, hijos, esposas y esclavos un desierto lejano, muy lejano, hace miles de años.

La tercera generación del mal

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La fosilización de la moral, más allá de incitar a los más osados a conculcar sus reglas, tiene una implicación más terrible aún: la tercera generación de mal. Consecuencia de la desmemoria, esta tercera generación se produce cuando el personal olvida que la moral es un medio y la convierte en un fin en sí misma.

Este desfase entre moral y realidad social puede ser producto del paso del tiempo; pero también ocurre que el poder encuentra en la imposición de viejas reglas una forma eficaz de control. De hecho, lo que ocurre con frecuencia es que ambos fenómenos vayan de la mano, utilizando los poderosos la desmemoria del resto para la consecución de sus propios fines. Entonces la moral se hace eficaz herramienta de represión.

Su poder destructivo es atroz, porque toda lógica ha desaparecido: ya no se persigue la cohesión social, sino el sometimiento. No se busca vencer las tendencias violentas del grupo, sino justificar las de las clases dominantes. Lejos de significar un control sobre los instintos, la imposición de la moral por sí misma es la apoteosis de los instintos de unos pocos. Este comportamiento se justifica de las más variadas maneras: unos dirán poseer la verdad gracias a la revelación divina; otros se erigirán depositarios del destino de una raza y herederos de los héroes fundadores de una nación. Unos y otros persiguen el exterminio de los que no acatan su ley. Son los poseedores de la verdad, los que no dudan. Siempre son especiales, depositarios de un don, de una sabiduría que los hace infalibles. Son los grandes conquistadores, los tiranos, los genocidas, los integristas de los grandes monoteísmos, con sus jerarcas a la cabeza. Son todos aquellos que sitúan por encima de todo el cumplimiento de las reglas. Son los que piensan que el objetivo no es la felicidad, o el bienestar, ni siquiera la supervivencia, sino el cumplimiento, el acatamiento de un orden superior y convierten con ello a los humanos en meros peones, en cosas prescindibles.

Basta coger un libro de historia para saber de qué hablo: tras cada gran contienda bélica se encuentra un conflicto religioso, o un líder visionario, o una disputa acerca de la esencia de un pueblo o las fronteras de una nación. Las guerras, obviamente, no persiguen la felicidad de la gente, sino imponer una fantasía. Lo malo es que algunos consideran que merece la pena sacrificar vidas por esa fantasía, en especial si son las vidas de los demás.

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No pretendo decir con lo anterior que los poderosos sucumban a esta tercera forma del mal: no todos, al menos. Más bien demoníacos, inmorales, los poderosos buscan la satisfacción de sus apetitos utilizando a un cierto tipo humano que sí está imbuido del mal de tercera generación: el estúpido. El estúpido se caracteriza por dos creencias que combinadas le convierten en una bomba de relojería: por un lado cree en la existencia de la verdad y, por otro, se cree en posesión de ella. Es de entender que un ser así es refractario a la cooperación y al altruismo. También lo es a la eficiencia, y al disfrute. Su objetivo es imponer la verdad, su verdad, y precisamente por eso, porque es la verdad.

Su retrato no puede ser muy preciso, pues se encuentra en todos los lugares, tiempos, clases, geografías y profesiones. Sin embargo, es fácil de reconocer: es ese tipo que nunca sonríe si no es para burlarse; es ese siempre nostálgico de cualquiera tiempo pasado; es ese cuyo mayor placer es la indignación y cuyo mayor disfrute es, por encima de todo, imponer el orden. Yo me lo imagino con bigotillo, pero esto es meramente cultural.

Si no fuese tan pernicioso, este tipo humano sería motivo de risa. Carlo M. Cipolla lo caracterizó perfectamente en su ensayo sobre Las leyes fundamentales de la estupidez humana. Entre otras muchas cosas absolutamente serias dichas en broma, Cipolla clasifica a los seres humanos según dos variables que representa en dos ejes cartesianos: dado un individuo concreto valora en el eje horizontal, de izquierda a derecha, si sus actos le perjudican o le benefician. Y en el vertical, de arriba abajo, si dichos actos benefician o perjudican a los demás. Estos ejes dan lugar a cuatro cuadrantes que corresponden a otros tantos tipos humanos:

- Malvados: salen beneficiados de sus actos, pero los demás salen perjudicados.

- Inteligentes: ellos y los demás salen beneficiados de sus actos. 

- Incautos: ellos salen perjudicados y los demás beneficiados.

- Estúpidos: tanto ellos como los demás salen perjudicados.    

El lector reconocerá en el primer tipo al malvado natural, aquel que se salta leyes y reglamentos con tal de conseguir sus fines, mientras que el último tipo es este idiota que sacrifica su vida por imponer una idea que solo sirve para hacer, a su vez, infelices a los demás.

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Siendo genial, la visión de Cipolla adolece de cierta ingenuidad, como no podía ser de otra manera. Resulta atractiva porque nos presenta a los estúpidos como víctimas de su propia estupidez, lo cual está muy bien. Sin embargo, aunque los estúpidos en el sentido de Cipolla no se hagan bien ni siquiera a sí mismos, también es verdad que han encontrado una fuente de disfrute que posiblemente compense todas sus demás pérdidas: me refiero al placer de la crueldad, a ese placer que sienten los torturadores al castigar a sus víctimas, en especial si el castigo es por negar la verdad.

Nietzsche nos ofrece un par de ejemplos muy gráficos: uno está protagonizado por Tomás de Aquino, doctor de la iglesia: decía él, para animar a hacer el bien, que los bienaventurados verían desde el cielo las penas que sufrían los condenados en el infierno para que su bienaventuranza les satisficiese más. Esto revela una gran profundidad psicología, pues nada produce más placer que el mal ajeno.

En el otro ejemplo es el sacerdote Juan Hus el que nos sorprende al decir aquello de “o  sancta simplicitas” cuando, mientras estaba siendo quemado en la hoguera por sus ideas heterodoxas, vio como una piadosa viejecita ponía su granito de arena echando una ramita al fuego. Hay que imaginar lo que pasaría por la mente de la anciana mientras colaboraba con la labor del fuego para entender en su justa medida el significado de su acto.

Podría haber propuesto como ejemplo de la crueldad de los justos cualquiera de las vívidas descripciones de los tormentos infernales que han pergeñado los escritores cristianos para eterno castigo de infieles y herejes. Sin embargo, la idea de Aquino o el gesto de la viejecita me parecen espectacularmente bien elegidos porque lejos de disfraces muestran al bien en toda su desnudez, desnudez que lo hacen indistinguible del mal.

He evitado en los últimos párrafos la utilización de la palabra castellana sevicia para poder comentarla ahora. Su significado según el DRAE es “crueldad excesiva”, lo cual me hace pensar que el lexicógrafo pensaba en la posibilidad de una crueldad no excesiva.

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En resumen: el mal tiene su origen en la naturaleza, en su tendencia al desorden, a la destrucción (técnicamente, en la entropía). Este mal es heredado por los seres vivos, que en su lucha por la supervivencia ejercen violencia y sufren dolor. Este mal natural se ve fijado en los instintos y heredado genéticamente.

Luego el mal se hace cultural y se formaliza gracias a las reglas morales que, al decir lo que está bien, crean a la vez la posibilidad de obrar al contrario, es decir, mal. Surgidas para compensar las tendencias salvajes de la especie, las reglas morales entran en conflicto con los instintos y, en especial, con el individualismo.

Finalmente el mal se enajena y alcanza su apoteosis cuando los humanos olvidan que la moral es un medio y se aferran a ella y la convierten en un fin en sí misma. La moral deja así de tener el más mínimo sentido y pasa a ser el más destructivo de los males.

19.¿Es malo el mal?

Parece que con lo dicho hasta ahora pretendo afirmar la existencia del mal, pero no es así. La verdad es que he hecho algo de trampa, pues en realidad no he mostrado en ningún momento nada a lo que podamos llamar el mal, sino más bien fenómenos o actos que podemos considerar malos. Pero para poder considerar algo malo es necesario explicitar un criterio respecto del cual realizar la valoración, y eso es lo que no he hecho.

En el caso del mal natural el criterio ha sido la cantidad de destrucción y dolor producido por los fenómenos considerados. Por su parte, el criterio por el que he definido el mal demoníaco es el de oponerse a las reglas morales establecidas. Por último, el criterio por el que considero malo el mal enajenado es su falta de sentido.

¿Son buenos criterios? Sí, a mí me lo parecen, pero claro, para juzgar un conjunto de criterios es necesario otro conjunto de criterios, y así entramos en la regresión ad infinitum que aqueja a toda cuestión moral.

Lo que quiero decir con esto de los criterios es que, si los cambiamos, lo que antes era malo ahora puede ser bueno, y al revés. Los desastres naturales, el dolor de las víctimas en la lucha por la supervivencia, hasta el sufrimiento de la mujer en el parto, son ejemplos de que el mundo no es un jardín de rosas. Sin embargo, las cosas se pueden ver de otra manera si valoramos los fenómenos colectivamente: si pensamos en cada árbol por separado un incendio forestal es una cosa malísima, pero desde el punto de vista del bosque un incendio pueden ser beneficioso porque le sirve para limpiarse y realimentarse. Se me ocurre que el guepardo puede estarle haciendo un favor a la especie gacela al quitar de en medio aquellos ejemplares menos aptos para la supervivencia, es decir, con peores genes. Hasta el dolor de la madre puede ayudar a prepararla para los sacrificios que la esperan...

El caso del mal demoníaco es particularmente problemático. Lo he definido en función de las reglas morales, pero resulta que estas no están escritas ni en estelas de basalto ni en códigos civiles: en realidad son productos cambiantes, relativos a las circunstancias históricas y sociales. Lo que es moralmente aceptable para uno no lo tiene por qué ser para otro que difiere con él en clase social, género, generación o, simplemente, en talante personal. La moral, lejos de ser universal, se manifiesta en cada individuo de un modo peculiar en función de la herencia y experiencia particulares. El aborto, la propiedad privada o la pena de muerte son pruebas de que puede haber posiciones moralmente irreconciliables, siendo todas ellas perfectamente morales, digan lo que digan promotores y detractores, por ser todas ellas acordes a determinadas morales. Lo curioso y terrible del asunto es que todas ellas también son inmorales si las juzgamos desde el punto de vista de la otra moral.

El relativismo moral tiene mala prensa: parece que defenderlo es lo mismo que decir que todo vale. Pero no es así. Defender el relativismo moral es entender que no existe una moral absoluta, sino que todo depende de la elección de los criterios respecto de los cuales se valoran las decisiones y actos humanos. En esa elección se basa todo, y esa elección es caprichosa, amoral, fundamentalmente estética. Todos disponemos de un sentido moral que nos dice qué está bien y qué está mal. Los que hemos pensado en el asunto a lo mejor somos capaces de explicitar cuáles son los criterios que utilizamos, pero, por lo general, son inconscientes, producto de la experiencia personal, y del medio cultural, y de la herencia genética, y de todo eso que nos conforma y nos hace ser como somos. En resumen: es bueno lo que nos parece bien y malo lo que nos parece mal, lo que cual explica tantas y tantas contradicciones. El que roba un pollo es un ladrón, pero el que roba miles de millones es un ingeniero financiero. El que mata con navaja es un canalla, pero el que crucifica a miles como Alejandro o bombardea a decenas de miles como Bush es un héroe o un hombre de Estado. La mujer promiscua es una puta, pero el hombre promiscuo es un donjuán.

Hay una razón más para plantearse si es malo el mal, y es de índole estético. El bien, el bien moral, el bien institucional, resulta con frecuencia estéril. Sin embargo, el mal, por lo que tiene de rebeldía, de trasgresión, es creativo, renovador, vital. Es famoso el exabrupto de Orson Welles: “En Italia, durante treinta años bajo los Borgia, hubo guerras, crimen, derramamiento de sangre. Produjeron a Miguel Ángel, Leonardo da Vinci, y el Renacimiento. En Suiza tuvieron amor fraternal, quinientos años de democracia y paz, ¿y qué produjeron? El reloj de cucú”. Algo mismo afirmó Baudrillard, aunque con menos gracia: “el mal funciona porque de él procede la energía”.

Sí, hay algo de energético y estimulante en el mal. Pero hay que tener cuidado con esta costumbre de juzgar los fenómenos según los resultados. Recuerdo una vez en la que andaba yo despotricando de la historia y la mentalidad española. Entonces un amigo me hizo ver que producto de esa historia y esa mentalidad era El Quijote de Cervantes. Reconozco que tuve que pensarlo un poco, porque El Quijote me parece una de las cumbres de la literatura y el pensamiento universales. Pero al imaginar una España libre de los desmanes del catolicismo, la hidalguía, los descubrimientos y las monarquías y sus guerras, no pude evitar decir “pues que le den al Quijote”.

20. Consideraciones finales

Los males de segunda y tercera generación son productos humanos, culturales y, por tanto, relativos, pues dependen de los criterios morales de cada sociedad. En este sentido, el mal absoluto no existe.

Lo que sí existen son fenómenos destructivos. Sus efectos avanzan como una ola gigante que gana energía a medida que avanza y que arrasa cuanto encuentra a su paso. Si queremos sobrevivir tenemos que construir rompeolas.

Llevamos grabada a fuego la violencia de la naturaleza en nuestros genes. Hemos inventado multitud de sistemas para reprimirla, pero se han mostrado ineficaces. Al empezar a entender la estructura molecular de nuestros genes ha surgido la posibilidad de utilizar la ingeniería genética para disminuir la mala leche que nos viene de nacimiento. Pero esta medida es, de momento, difícilmente aplicable, porque supondría poner de acuerdo a toda la humanidad acerca de cómo queremos ser, y un consenso en este sentido parece harto improbable.

Podría pensarse que entre el salvajismo de la completa amoralidad y la absolutamente reglamentada sociedad colmena existe algún punto cercano al centro donde el equilibrio ente lo colectivo y lo individual es posible, pero no es así. Cualquier posición situada entre ambos extremos supone renuncias. Que los beneficios obtenidos compensen los sacrificios hará que unas organizaciones sean más atractivas que otras y que los individuos se supediten a ellas con mayor o menor recelo. Pero lo que nunca podrán evitar es que existan ocasiones en las que la fuerza de los instintos supere a la represión moral. Las malas acciones no solo existen: son, además, inevitables.

El mal es el nombre que le damos a todo aquello que hace que el mundo no sea exactamente como cada uno deseamos que sea.

**

El último ser miró alrededor y vio que todos los demás habían desaparecido. Embargado por múltiples sensaciones, se sintió sobre todo liberado, y por dos razones:

La primera es que se había librado de ese terrible espejo, de ese infierno que eran los otros.

La segunda, que se había librado del mal. Dado que los demás eran el motivo de que no pudiese dar rienda suelta a sus instintos, con la desaparición de los demás había desaparecido también la posibilidad de ser malo: su ausencia le convertía en el ser perfectamente amoral y, por tanto, perfectamente libre.

Poco tardó en descubrir que no solo había alcanzado la libertad perfecta, sino también el perfecto aburrimiento.


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► Sugerencia para continuar: la felicidad.

Fuentes:

  • En Los ensayos, Montaigne nos hace ver como son más variados los caminos que van al mal que al bien.
  • Safranski, en El mal, aporta variadas e interesantes citas acerca del tema, aunque se pone, quizá, demasiado serio.
  • El que sí es divertido, además de inquietante, es Nietzsche en La genealogía de la moral. La historia de la “sancta simplicitas” es impagable.
  • De la estética del mal nos habla Umberto Eco en la Historia de la belleza.
  • Es imprescindible, e hilarante, el ensayo de Carlo M. Cipolla Las leyes fundamentales de la estupidez humana. Yo lo he leído en el volumen Allegro ma non troppo.
  • El DRAE define, efectivamente, sevicia como ‘crueldad excesiva’, al menos en su edición número 22.
  • Baudrillard, en Contraseñas, nos habla del mal desde el punto de vista posmoderno y energético.
  • Sastre, en A puerta cerrada, escribió: “El infierno son los demás”.

Última actualización: 3-4-2011


El caos estructurado
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