El caos estructurado |
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Según el diccionario María Moliner, la felicidad es la "situación del ser para quien las circunstancias de su vida son tales como las desea". Es una definición estupenda, porque expresa implícitamente el problema con la felicidad: los deseos cambian. Cambian por ejemplo cuando los satisfaces. Incluso a veces con atisbarlos es suficiente. Cambian porque descubres otros nuevos, o porque aprendes de las consecuencias o de los costes de satisfacerlos. Cambian porque copias los deseos de los otros. Cambian porque cambias, cambian porque dejan de tener sentido, porque las circunstancias les quitan todo valor, cambian porque la vida es permanente cambio. No tiene sentido aspirar a un estado cuando somos puro proceso. Podemos, eso sí, perseguir toda una sucesión de metas, toda una sucesión de objetivos encaminados a la supresión del dolor y a la conquista del placer, pero a sabiendas de que el bienestar alcanzado siempre será provisional. No hay técnica mala porque no la hay buena, y por eso debemos de valernos de todas. Hay que protegerse del mundo, pero no hasta el punto de no poder disfrutar de él. Hay que ser moderado para poder cometer excesos. No hay que reprimir los instintos hasta convertirnos en macetas, pero no podemos olvidarnos de que somos mucho más. La felicidad está en la comida, en la bebida, y en el sexo, en la charla y la colaboración, y en la contemplación de la naturaleza, y en el arte, y en el pensamiento, y en la locura, en la autoestima, en la pereza, en el esfuerzo. También en el sacrificio. Intentar elegir es renunciar a recursos que siempre son escasos. Por otro lado, la búsqueda del equilibrio está bien siempre que te permita estar en todos los sitios, pero no si te impide estar en ninguno. La felicidad depende de nosotros mismos y del mundo exterior. Depende de parámetros que podemos controlar pero que a veces desconocemos y depende de factores que escapan de nuestro control. Es de canallas aristocráticos decir que todo depende de uno mismo cuando la enfermedad, el hambre o la pobreza se heredan. Pero cuando las condiciones mínimas se dan es de estúpidos renunciar a ella. La felicidad es gozo, pero como decía Salinas, también “la víspera del gozo”. Parece ser que una vez le preguntaron a Einstein si era feliz, a lo que contestó: "no, ni falta que me hace". Para Flaubert, los requisitos de la felicidad son "Ser estúpido, ser egoísta y gozar de buena salud". Sin embargo, para Russell "la razón no se opone a la felicidad". Bataille dice que la felicidad del instante y la del estado duradero se contraponen, se niegan la una a la otra, quizá siguiendo la opinión de Freud, por la cual "la felicidad [...] solo puede darse como fenómeno episódico. Toda persistencia [...] sólo proporciona una sensación de tibio bienestar". Pinker avisa: "La búsqueda directa de la felicidad es una receta para una vida infeliz". Y Lykken nos condena a un cierto nivel de felicidad con el que nacemos cada uno y al que nuestro humor siempre acaba volviendo tras breves fluctuaciones. En un mundo como el nuestro posiblemente haga falta ser imbécil para ser feliz. Pero no para perseguir la felicidad, entendiendo por felicidad un cierto estado de plenitud que solo de modo provisional y efímero alcanzamos a veces. Lo que parece cierto es que alcanzarla de modo permanente es imposible. Los humanos recalibramos constantemente nuestra percepción de las cosas cada momento: rápidamente nos acostumbramos a lo bueno y lo convertimos en estándar de normalidad, lo cual nos empuja a experimentar nuevos deseos, nuevas necesidades que nos devuelven al estado de búsqueda. Quizá por eso dijese Wilde: "En este mundo solo hay dos tragedias. La primera, no conseguir lo que se desea, y la segunda, conseguirlo; aunque sólo esta última es realmente una tragedia". En esta búsqueda de la felicidad es necesaria un álgebra de los placeres, el cálculo hedonista que Epicuro enseñaba, por el cual hay que evitar un placer si será motivo después de un dolor mayor, y afrontar un dolor si es la condición para un mayor placer futuro. Esto nos proyecta en el tiempo, nos hace seres que vivimos no en el instante, sino en un intervalo más amplio que abarca no solo el pasado que recordamos, sino el futuro que exploramos. Esta proyección en el futuro nos obliga a otro equilibrio, a otro cálculo necesario, el que tiene en cuenta lo próximo y lo lejano, el que compara el placer inmediato y aquel que es tan solo una promesa. Naturalmente, se puede escapar de los cálculos y las búsquedas simplemente eliminando el deseo. Pero eso significa reducir la existencia a lo mineral. No sé si es realmente posible, pero, en cualquier caso, no va conmigo. De lo que sí estoy seguro es de que se puede ser feliz, aproximadamente. |
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► Sugerencia para continuar: El mal. Fuentes: Es
difícil encontrar un libro que no trate sobre la felicidad. Estos pueden
ser un comienzo:
Última actualización: 30-1-2011 |
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