El caos estructurado |
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El escepticismo niega la posibilidad de conocimiento, bien porque la verdad no existe o bien porque somos incapaces de alcanzarla. El relativismo, por su parte, niega la posibilidad de un conocimiento objetivo, independiente del sujeto. Las tres posiciones nos dan una gradación del punto de vista escéptico acerca de la verdad que empieza por su negación, pasa por considerarla inaccesible y termina por postular su carácter subjetivo. Lo cierto es que los tres grados de escepticismo son irrefutables: dado que la certeza es imposible por muchas y variadas razones, cualquier postura intelectual que se precie debe ser escéptica. Ahora bien: cuando el escepticismo se hace absoluto sobrevienen la contradicción, el marasmo y la insinceridad. La contradicción surge al negar la existencia de verdades absolutas, porque eso supone, en sí, una verdad absoluta: la verdad no existe. El marasmo es la consecuencia obvia de la completa ignorancia a la que nos condena el escepticismo absoluto: sin conocimiento, aunque sea falso, no hay posibilidad de elección. Y la insinceridad es el producto inevitable de la imposibilidad de vivir según tal doctrina. Con independencia de nuestras ideas, vivimos. Con independencia de nuestras teorías preferidas damos satisfacción a nuestras necesidades físicas y vivimos, y luchamos contra la enfermedad, y tomamos aviones, y hablamos por teléfono. El defensor del escepticismo absoluto no cree en el presunto conocimiento del médico, el ingeniero aeronáutico o el ingeniero en telecomunicaciones. Y hace bien. Sin embargo, va al médico, coge aviones y habla por teléfono. Nada nos obliga a llevar una vida acorde con las propias ideas. Hay gente que dice que no es supersticiosa pero no pasa por debajo de una escalera apoyada en la pared por si acaso. Quizá los escépticos absolutos vayan al médico por la misma razón, por si acaso. Bien, está bien. Pero por si acaso también habría que visitar a chamanes y sacerdotes y seguir todo tipo de ritos mágicos, cosa que raramente hacen los escépticos, y menos los escépticos absolutos. Lo que quiero decir es que, por mucho que nos pongamos intelectualmente exquisitos y defendamos el más absoluto escepticismo, la realidad se acaba imponiendo en forma de problemas ante los que nos vemos obligados a tomar decisiones. En tales casos de nada nos sirve invocar la imposibilidad de toda certeza, porque tenemos que decidir si confiar en el médico o no. Y elegimos. No, la certeza no existe. El presunto conocimiento que hemos heredado de quienes nos han precedido no es más que una colección de conjeturas, hipótesis e intuiciones poco fiables. Sin embargo, no tenemos otra cosa. Y tenemos que vivir, y tomar decisiones. Por eso merece la pena indagar en la forma en que tomamos decisiones, en por qué pensamos lo que pensamos, en modos de vivir sumidos como estamos en la falta de certeza y la provisionalidad. Por todo esto considero inútil el escepticismo absoluto y me inclino más por un escepticismo creativo. |
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► Sugerencia para continuar: Superstición y escepticismo. Fuentes:
Última actualización: 16-3-2011 |
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