El caos estructurado |
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¿Qué hay en mi mente tras la palabra mesa? Intensión y extensiónSi tengo que definir la palabra mesa (aconsejo el ejercicio), tras cierta reflexión hablaré de su posición espacial: horizontalidad, elevación respecto del suelo; de su forma: lisa por arriba, sujeta por patas; de sus funciones: para poner cosas, para comer, para escribir, para colocar el ordenador... Sin embargo, si me limito a escuchar la palabra mesa, acudirán a mi mente las imágenes de algunas mesas concretas: una baja, de patas doradas con forma de cabeza de caballo que había en casa de mis padres; una impresionante con tablero de piedras embutidas que hay en el museo del Prado; otra de caoba en la que participé en cierta reunión cierta vez; la gran tabla redonda de Arturo en la película de John Boorman; y... Cuando se habla de definir conceptos se habla de dos modalidades: el modo extensional, en el que nos limitamos a enumerar los objetos englobados en el concepto, y el modo intensional, en el cual damos una serie de rasgos que caracterizan a los objetos que pretendemos abarcar. Cuando he dado los rasgos que considero definen lo que es una mesa me he puesto intensional; mientras que al enumerar algunas de las mesas de mi vida ha sido el modo extensional el que he adoptado. La cuestión es: ¿cómo almacenamos los conceptos?, ¿cómo relacionamos términos y significados? ¿Extensional o intensionalmente? Una primera cuestión interesante es que yo no disponía de una definición de mesa. Si se me hubiese preguntado por la palabra hipóstilo hubiese dicho sin pestañear: “de techo sujetado por columnas” porque dicha definición la aprendí directamente del diccionario. Pero de mesa no tenía una definición hasta que me he obligado a elaborarla. Otra cuestión es cómo la he elaborado. Me he preguntado: “¿qué le pediría yo a un objeto para poder llamarlo mesa?”. Entonces, he imaginado, es decir, he traído a mi conciencia, la imagen de una mesa, y he empezado: “pues debe tener un tablero horizontal, cierta altura, servir para poner cosas...”, y he ido añadiendo los rasgos que veía en mi mesa imaginada hasta que he considerado que excluían cualquier otra cosa que no fuese una mesa. Lo cierto es que la mesa que he imaginado no era ninguna mesa concreta, sino una mesa ideal. Pero lo que también es cierto es que la imagen sí era muy concreta: un tablero horizontal sujeto por cuatro patas. Dicho de otro modo: mientras el significado de la palabra hipóstilo lo tengo codificado en una breve descripción de cinco palabras, el de la palabra mesa está almacenado en mi mente en la forma de una sencilla y esquemática imagen... más el recuerdo de algunas mesas concretas y de lo que en ellas he hecho. ¿Entonces? ¿Cómo almacenamos los significados? ¿Extensional o intensionalmente? Pues de las dos maneras, y más. Si me preguntan por el significado de la palabra actor seré capaz de dar una definición, más o menos chapucera, del término. Pero si me encuentro con Jeff Bridges diré “mira, un actor”, sin necesidad de verificar si cumple con la plantilla, sencillamente porque Bridges forma parte de mi nómina particular de actores. Los conceptos están almacenados por ahí en nuestro cerebro de las más variadas maneras: imágenes concretas, esquemas genéricos, descripciones lingüísticas... Todo vale para reconocer qué hay tras un término. Y todos hemos experimentado la sensación que produce descubrir una definición que, de golpe, aclara lo que antes era un concepto confuso; o, al revés, encontrar un ejemplo que se sale de nuestra “definición”; o tomar conocimiento de un rasgo que, de pronto, pone en conexión cosas que creíamos disímiles. Tras estas sorpresas se esconde el conflicto entre definiciones intensionales y extensionales. Veamos algunos ejemplos de este conflicto: 1. Gato: todos sabemos lo que es un gato, y distinguimos perfectamente un gato de un perro, de una paloma y de un armario de cuatro cuerpos. Sin embargo, frente a un gato esfinge a mí me entran serias dudas de que eso sea un gato. Por el contrario, si veo un lince rojo, no dudaría en considerarlo un gato. Lo cierto es que yo no dispongo de una definición operativa de gato: todo cuanto tengo es una imagen respecto de la cual comparo. Así, para mí, las especies se organizaban por parecidos y diferencias, lo cual es terriblemente ambiguo. Un día alguien me explicó que dos animales son de la misma especie si pueden cruzarse entre sí o con un tercero (con algunas excepciones). Esto es una definición que aporta un criterio explícito para resolver el problema (salvo con las excepciones). Así todo queda claro: el feo gato esfinge es un gato. El lince rojo no. 2. Planeta: en el colegio aprendí los planetas extensionalmente, gracias a que por aquel entonces solo se conocían nueve: Mercurio Venus, la Tierra, Marte, Júpiter, Saturno, Urano, Neptuno y Plutón. Es verdad que eran también astros sin luz propia, pero también lo son los satélites, los asteroides, los cometas... La cuestión es que a finales del siglo pasado empezamos a descubrir planetas a centenares, algunos en el propio sistema solar y otros en otras estrellas. Solo en el sistema solar podíamos encontrarnos ante cincuenta y tantos planetas. De pronto, esos objetos tan especiales con pretenciosos nombres de dioses se iban a hacer tan numerosos que tendríamos que nombrarlos mediante códigos alfanuméricos... Ante tal proliferación planetaria la Unión Astronómica Internacional se puso a trabajar y, tras varias propuestas, decidió dividir los planetas en planetas propiamente dichos y planetas enanos. Un planeta sería un cuerpo celeste que orbita alrededor de una estrella, tiene una forma prácticamente esférica y ha limpiado la vecindad de su órbita, mientras que un planeta enano sería lo mismo pero sin haber limpiado la vecindad de su órbita. La jugada fue casi perfecta: de los nueve viejos planetas, ocho cumplían la definición, mientras que ninguno de los nuevos lo hacía. Ser un planeta seguía siendo, pues, algo especial. El único problema: Plutón abandonaba la nómina de los planetas para convertirse en un planeta enano. El debate y la polémica aún continúan. Sin embargo, es necesario recalcarlo, a Plutón no le ha pasado nada: al contrario de lo que muchos parecen pensar, Plutón sigue siendo la misma cosa que era antes, ahí en los cielos. El único lugar donde ha dejado de ser lo que era es en nuestras cabezas. 3. Obra de arte: ante un óleo sobre lienzo podemos reaccionar de muchas maneras: placer, hilaridad, indignación, comprensión... Esta diversidad de reacciones se debe a que cada uno tiene una definición distinta para la expresión obra de arte. Para unos debe ser algo que transmita una emoción. Para otros, ciertos valores representativos. Unos se fijarán en lo que tiene de innovador, o de revolucionario, o de impugnador, o de influyente. Habrá quien considere importante la dificultad de su realización. Otros la ironía, la serenidad, el compromiso social, la intertextualidad, el esteticismo, el erotismo, la moralidad, la apelación a la historia, el simbolismo, la originalidad, el diálogo, la extrañeza, la rareza, la intención... Son tantos los rasgos que todo es posible. Eso explica un cuadro completamente blanco como Blanco sobre blanco de Malévich y otro lleno de lanzas como La rendición de Breda de Velázquez puedan ser considerados ambos obras de arte. Quizá no por todos ni por los mismos, pero sí por algunos. ¿Quién tiene razón? Todos. Es cuestión de definición, de qué es lo que le pedimos a algo para considerarlo arte. Entonces, ¿no es posible la crítica artística? Sí, pero explicitando los criterios. 4. Mesa: la 22ª edición del DRAE decía que la tabla o tablas que componen una mesa están “sostenidas por uno o varios pies”. Sin embargo, la 23ª edición dice que el tablero está sostenido “generalmente por una o varias patas”. Recuerdo una conversación con una amiga. Ella consideraba fundamental lo de las patas para que algo fuese una mesa. Yo, lector de ciencia ficción, le dije que no tendría ningún problema en considerar como mesa un tablero suspendido a setenta y cinco centímetros del suelo gracias a un dispositivo antigravedad. Ahora caigo en que también hay mesas que, simplemente, están sujetas a una pared y, por tanto, no tienen pies. La idea que intento expresar es esta: mientras manejamos definiciones extensionales no hay problemas, porque algo cae dentro del concepto reflejado por el término si está en la lista. Si lo que manejamos son definiciones intensionales, la cosa se complica un poco más, porque no siempre es tan evidente saber si algo tiene todos los rasgos definitorios (¿cómo distinguimos entre que un bicho no sea un gato y que sí lo sea pero que no quiera cruzarse con ninguno de los gatos que le proponemos?). Pero cuando la cosa se complica extraordinariamente es cuando queremos que definiciones intensionales y extensionales sean coherentes, porque entonces o nos sobran elementos o nos faltan. Una razón es que las categorías reflejadas por nuestras palabras no son naturales. ¿O sí? Categorías naturales¿Una gran piedra horizontal es una mesa? Lo puede ser, si decidimos que lo sea. ¿Un perro puede ser un gato? No sin ingeniería genética. ¿Plutón es un planeta? Depende de lo que decidamos que es un planeta. Podemos desconfiar todo lo que queramos de nuestras categorías: de hecho es bueno hacerlo. Sin embargo, por mucha confusión que nos produzca la idea de gato, y más aún la de perro, con la extraordinaria cantidad de formas bajo las que se presenta, lo cierto es que esas cosas que llamamos gatos suelen salir corriendo ante esas cosas a las que llamamos perros. Los gatos, además, distinguen lo que es comida de lo que no lo es, y reconocen a distancia lo que es agua. Para ellos el mundo no es un caos: saben distinguir perfectamente las presas de los enemigos, y hasta son capaces de andar por una estantería sin tirar demasiadas cosas. Los gatos, sin poseer ningún lenguaje culturalmente heredado (los gatos criados en cautividad son igualmente capaces de las anteriores hazañas), distinguen unas cosas de otras y, lo que es más importante para el tema que nos ocupa, lo hacen de un modo que es coherente con la forma en que nosotros categorizamos el mundo. Sin embargo, un gato no entrenado no distingue entre una mesa, una mesilla, una silla, un aparador, una consola y un secreter: para él son superficies a las que puede encaramarse. Y la razón es obvia: lo que distingue a esos objetos es su función, y los gatos no entienden de las funciones que distinguen a una mesa de una mesilla, una silla, un aparador... No pretendo decir con lo anterior que los gatos piensen, ni que sean conscientes de lo que es un pájaro o un perro. No lo pretendo porque, primero, no tengo ni idea de si es así o no y, segundo, porque es innecesario. La cuestión es que reconocen cosas, distinguen categorías en el mundo, y eso sin estar condicionados por lenguaje articulado alguno. Que, además, sus categorías coincidan con las mías me dice que si, en el peor de los casos, estamos equivocados, lo estamos de la misma manera. Para que no haya duda acerca de que los significados no tienen en principio nada que ver con las mentes es que también las amebas, esos bichitos unicelulares, saben de significados. Las amebas andan, como todos los seres vivos, a la busca de comida. Los mamíferos utilizamos la vista o el olfato para encontrarla. Las amebas saben leer gradientes químicos: miden las concentraciones de distintos compuestos químicos que delatan la presencia de su comida favorita, ven en qué sentido esas concentraciones aumentan más rápidamente, y para allá van. El cuerpo de la ameba sabe que al final de ese gradiente está su objetivo. Para las amebas, los gradientes son significativos. Significados encarnadosLa primera acepción de significar según el DRAE, es la siguiente: “Dicho de una cosa: Ser, por naturaleza, imitación o convenio, representación, indicio o signo de otra cosa distinta”. Esta definición nos permite escapar por un momento del lenguaje para buscar significados en objetos extralingüísticos. Por ejemplo, una columna de humo, un graznido o un olor pútrido son significativos, y lo hacen porque existe, o eso estamos acostumbrados a pensar, una conexión con fuego, cuervos o muerte. Esta conexión puede ser falaz: el humo en realidad puede ser polvo levantado por un remolino; el graznido una imitación; y el olor pútrido producto de la emanación de gases sulfídricos. Por otra parte, esta conexión ha sido confirmada en multitud de ocasiones: por eso confiamos en su significado, porque la experiencia nos dice que en un porcentaje importante de casos, ese significado que les atribuimos es correcto. Dicho de otro modo: esos significados son teorías acerca de cómo es el mundo, de qué conexiones y agrupaciones se dan en él. Estas teorías han sido elaboradas en su mayor parte inductivamente, con todos los problemas que ello implica. Sea como fuere, estos significados, aunque puedan reflejar un aspecto o parcela de la realidad, son creados por la mente que establece las conexiones. Sin embargo, hay significados que están ahí, encarnados, desde mucho antes de que hubiese mentes. Me refiero a los cuerpos. Los cuerpos son complejas teorías acerca del mundo. Los pulmones, por ejemplo, solo tienen sentido si su propietario vive sumergido en un compuesto gaseoso con unos ciertos porcentajes de nitrógeno, oxigeno, etc. Reflejan pues una hipótesis sobre el medio ambiente de cuya validez depende la supervivencia del cuerpo. Nada obliga a su verdad: es una teoría. De hecho, la teoría que encarnan los pulmones es actualmente falsa en muchos lugares de la tierra, especialmente en las ciudades. Si un extraterrestre de una avanzadísima civilización se encontrase por los espacios siderales con un cuerpo humano y le hiciese un poco de ingeniería inversa, del estudio de sus pulmones podría deducir la composición gaseosa de la atmósfera terrestre anterior a la revolución industrial. Es decir, podría leer en las entrañas, como un moderno arúspice, el hábitat de aquella criatura desconocida. Dicho de otra manera: podría desentrañar los significados encarnados en aquel cuerpo, podría leerlo. Es importante entender que esos significados son teorías y que estas pueden estar completamente acertadas, equivocadas, o solo en parte. Los cuerpos son producto de un proceso de ensayo y error en el que distintas teorías se contrastan en el mejor experimento que existe: la vida. Pero que una nueva teoría se encarne, es decir, que una nueva mutación pase a formar parte permanente de esos cuerpos a través de la herencia, no depende de que sea acertada o no, sino de que funcione. Un ejemplo sencillo: la mente humana percibe como iguales combinaciones de frecuencias luminosas distintas. No se trata de un problema de precisión, de detalle: no es que no seamos capaces de distinguir colores muy próximos en el espectro. Es que, sencillamente, confundimos cosas que son distintas: por ejemplo, vemos igual la luz amarilla que la mezcla de luz roja y luz verde. Es decir: interpretamos mal las señales luminosas, lo cual implica que la teoría cromática encarnada en nuestro sistema visual es errónea. Pero ahí está. ¿Por qué? Pues porque, siendo errónea, nos ha valido para sobrevivir. Los significados encarnados en los cuerpos componen un modelo del mundo que rodeaba a nuestros antepasados. Nos dicen cómo interpretar los datos de los sentidos. Nos hacen ver un arriba y un abajo y considerar más o menos lejanas las cosas en función de su tamaño; nos hacen creer en la permanencia de las objetos; nos obligan a creer en el tiempo; y en la causalidad. Esos significados nos proveen de un conjunto de argumentos con los que nos manejamos y que debieron de ser suficientes para que los habitantes de la sabana interactuasen con ella de un modo eficiente. Y entonces llegó el signoEso es: algo pasó, y en el cerebro humano se desarrolló una nueva capacidad: la de comunicarnos mediante signos sonoros articulados. Quizá nunca lo lleguemos a saber con seguridad, pero podemos conjeturar que esta capacidad surgió como consecuencia de varias habilidades relacionadas con la inteligencia: la de reconocer indicios, es decir, conexiones entre unas cosas y otras, como el humo y el fuego; la de imitar voces o movimientos animales mediante sonidos y gestos; la de vivir en la mente situaciones hipotéticas. No es difícil imaginar que con todas estas capacidades la imitación del rugido de un león fuese más que suficiente para evocar en el personal la presencia de un león. De un modo u otro fuimos asociando gestos y sonidos con las categorías del mundo, esas categorías que la evolución había ya codificado en nuestros cuerpos. A medida que nos fuimos olvidando de la conexión entre esos significantes y los significados representados, lo que empezó siendo un juego de imitación se fue convirtiendo en una colección de signos abstractos. Capa sobre capa fuimos acumulando signos y más signos que nos ayudaron a perfilar nuevos significados y nuevos signos. Y nuestro pensamiento se afinó, el mundo pareció aclararse, sus líneas parecieron volverse más nítidas, y pensar con signos se hizo tan fácil que hoy apenas si concebimos hacerlo de otra manera. El lenguaje, entendido como el conjunto de esos signos sonoros, y sus usuarios, nosotros, no somos entidades distintas y separables: el lenguaje forma parte de lo que somos de un modo no muy distinto a los pulmones, pues son partes de una de las respuestas que la casualidad ha dado al problema de la supervivencia, los cuerpos, complejos mecanismos que interactúan con el mundo en función de cierta teoría de cómo son las cosas. Ni los pulmones ni el lenguaje tienen por qué tener razón: pueden ser malas interpretaciones del mundo. Pueden ser máximos locales. Pueden ser chapuzas evolutivas (casi seguro que lo son). Pero funcionan. Si somos rigurosos, mientras que los pulmones son órganos con una función, la respiración, el lenguaje es por su parte una de las funciones de otro órgano, uno plurifuncional y tremendamente complicado: el cerebro. Sin embargo, hay una gran diferencia entre los pulmones y el lenguaje. Cuando nacemos, una de las primeras cosas que hacemos es respirar. Pero hablar no. Berreamos como si nos hubiesen arrojado al peor de los mundos posibles, pero no hablamos. La razón es que el lenguaje es una capacidad del cerebro con la que nacemos, pero que es necesario desarrollar. El desarrollo de esta capacidad, que se manifiesta en la adquisición de cierto grado de maestría en la utilización de una o varias lenguas, se produce por inmersión en un medio social. Por medio de mecanismos de aprendizaje que aún no entendemos, los humanos, rodeados de personas que hablan, aprendemos a hablar como ellos... más o menos. Si aprendemos a jugar al ajedrez, veremos que sus reglas son tan precisas que no hay ambigüedad en los movimientos de sus piezas. Sin embargo, con las lenguas esto no pasa: todos sabemos lo fácil que es malinterpretar un texto o discrepar sobre una definición. Y es lógico: partimos de unos significados encarnados que son teorías que estructuran aproximadamente un mundo que ni siquiera es exactamente en el que vivimos. Después perfilamos esas categorías mediante una estructura de signos que aprendemos extensional e intensionalmente, por imitación y por ensayo y error, a través de juegos, experiencias, referencias, analogías, metáforas, aprendizajes formales y quién sabe cuántos mecanismos más. Las lenguas son, en definitiva, productos evolutivos, históricos, contingentes, caprichosos. Pero podemos ir incluso más allá y pensar que en realidad cada humano usa esa estructura social que es la lengua de un modo particular, producto de su experiencia personal. Visto así, lo sorprendente es que nos entendamos. MapasSi digo que mi significado de mesa proviene, por una parte, de ciertos aprioris perceptivos combinados con mi experiencia personal de las mesas que he visto, tocado y utilizado, más las experiencias ajenas que me ha proporcionado el arte y la literatura, más los conceptos teóricos que me han proporcionado mis estudios de carpintería, parecerá que estoy cayendo en un círculo vicioso. Si los rasgos que definen mesa provienen de nuestras experiencias con mesas, ¿cómo sabemos lo que son mesas? Pues porque alguien nos lo dice. Por ejemplo, en la escuela, donde nos enseñan montones de dibujos de mesas, o en casa, donde los padres, desde muy pronto, nos explican que las mesas no son para subirse encima y bailar. Sí, cada uno adquirimos una copia de la lengua, pero es una copia personal e intransferible, algo social y privado a la vez. Esta doble componente del lenguaje permite que las lenguas sean tan flexibles, creativas, variadas y cambiantes. Para bien y para mal. Podríamos pensar en las palabras como etiquetas que le ponemos a ciertas parcelas del mundo. Imaginando un universo plano, podríamos rodear con una línea todo aquello que consideramos, por la razón que sea, una mesa. Si hacemos lo mismo con el resto de las palabras que manejamos, tendríamos un mapa de la realidad, nuestro mapa de la realidad. Las líneas no serían nítidas, sino difusas, brumosas, porque encontraríamos objetos respecto de los que no estaríamos demasiado seguros acerca de si llamarlos mesa o no, quizá por demasiado altos, o demasiado bajos, o por estar inclinados (¿una mesa inclinada? Pues sí, la de muchos dibujantes. ¿O no es una mesa?). Todo mapa es una interpretación de la realidad. Y una simplificación, que es precisamente lo que lo hace útil: si comparamos una fotografía aérea con un mapa geográfico, veremos que nos resulta más útil el mapa: sí, es verdad que no es real y que contiene menos información, pero esta es, también, más relevante y manejable. En las fotografías puede ser difícil localizar los caminos. Siendo cada mapa distinto, la comunicación es posible siempre y cuando las zonas de significado que asignamos a las palabras se superpongan en una proporción suficiente. Que esto sea posible lo hace precisamente el uso: si quiero que me entiendan, deberé adecuar mi extensión de la palabra mesa a la extensión de la de los demás. Por ensayo y error aprendemos qué usos resultan comunicativamente eficientes y cuáles no. Por eso es tan difícil definir palabras a no ser que se tenga el entrenamiento adecuado: porque en general no disponemos de tales definiciones: tan solo de un montón de experiencias. El mapa no tiene por qué ser exacto. Ni siquiera hace falta que sea verdadero: tan solo útil. Que yo no incluyese a los gatos esfinge entre los gatos no me ha supuesto ningún inconveniente. Tampoco que considerásemos durante tanto tiempo a Plutón un planeta. O a los delfines peces. O que los colores estaban en las cosas. La verdad es menos importante de lo que tendemos a pensar. Los mapas de carreteras son planos, cuando la superficie terrestre raramente lo es. Pero que sea falso no importa: lo único que importa es llegar. La dictadura del mapaLo malo es que los mapas son tan cómodos, tan útiles, que se nos hace difícil pensar sin ellos. Y la necesidad de comunicación es tan grande que nos vemos forzados a aceptar sus categorías. Pero que sea difícil no quiere decir sea imposible. Ahí están los animales, capaces de interactuar con el mundo sin nuestros complejos sistemas de signos. Ahí están las emociones, informaciones cerebrales no codificadas verbalmente. Está el pensamiento visual, no articulado lingüísticamente, que ha permitido a científicos y artistas alcanzar cotas extraordinarias de creatividad y profundidad. Y está nuestra propia capacidad lingüística, tan flexible que es capaz de dar cobijo a su propia crítica, a la contradicción y, con ella, a cuanto queramos. ResumenLos significados que manejamos forman parte de lo que somos del mismo modo que los pulmones: se trata de la encarnación de una teoría acerca de la realidad. El mundo, al menos a nivel macroscópico, es un continuo que primero el cuerpo y luego la mente se encargan de discretizar para que podamos manejarnos mejor con él. En este proceso no solo se producen simplificaciones, sino errores. Los significados surgen evolutivamente al interactuar el cuerpo con el medio y componen un mapa distinto para cada individuo. Son, por tanto, formas subjetivas de ver el mundo. La comunicación es posible en la medida en que compartimos parte de esa visión con otros. En este sentido, aunque los mapas resultantes no pueden ser objetivos, sí que pueden ser intersubjetivos. Conocer exactamente cómo se elaboran y almacenan los significados en el cerebro y saber en qué medida el mapa tiene que ver con la realidad son tareas de la neurología. En este sentido, la lingüística será cada vez más fisiológica. Mirar filosóficamente es sospechar permanentemente de nuestros significados. |
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Fuentes:
Última actualización: 9-5-2011 |
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